La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.445
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-Lo más tarde, mañana. Pero estad tranquilos; las personas que os interesan serán avisadas. -Abracémonos, entonces, y digamos adiós a estas paredes. Los dos amigos se abrazaron y volvieron a su encierro; La Mole suspirando y Coconnas canturreando. Nada nuevo ocur rió hasta las siete de la tarde. Una noche oscura y lluviosa envolvió las torres del castillo de Vincennes; era una verdadera noche de
evasión. Coconnas saboreó la cena que le llevaron con su apetito acostumbrado, pensando en el placer que experimentaría al sentir sobre su cuerpo la lluvia que azotaba los muros de la fortaleza. Ya se disponía a dormir arrullado por el sordo y monótono murmullo del viento, cuando le pareció que aquel viento, cuyo silbido escuchaba a veces con un sentimiento de melancolía desconocido para él antes de caer preso, silbaba de un modo extraño por debajo de las puertas, y que la estufa roncaba con mayor furia que la de costumbre. Este fenómeno ocurría cada vez que abrían alguna de las celdas del mismo piso; sobre todo la de enfrente. Coconnas esperó que apareciera el carcelero, pues aquella corrien te de aire significaba que acababa de salir de la celda de La Mole.
Sin embargo, por esta vez, Coconnas esperó inútilmente con el cuello extendido y el oído alerta. Pasó el tiempo sin que apareciera nadie. -Es singular -se dijo -, han abierto la celda de La Mole y no abren la mía. ¿Habrá llamado? ¿Estará enfermo? ¿Qué significa esto? Sabido es que en un preso todo es motivo de sospecha y de inquietud, del mismo modo que puede serlo
de alegría y de esperanza. Transcurrió media hora, luego una hora, luego hora y media... Coconnas empezaba ya a dormirse cuando le sobresaltó el chirrido de la cerradura. -¡Oh! ¡Oh! -se dijo -. ¿Será ya la hora y nos llevarán a la capilla sin ser condenados? ¡Voto al diablo! Será
un gran placer huir en una noche como ésta, oscura como boca de lobo. ¡Con tal de que los caballos no se espanten! Se preparaba a interrogar jovialmente al carcelero, cuando vio que éste se llevaba un dedo a los labios y
abría los ojos de un modo muy elocuente. En efecto, se oyó un ruido a sus espaldas y se distinguieron dos sombras. De pronto, en medio de la penumbra, distinguió un par de cascos que brillaban a la luz de las antorchas.
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