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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.444

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Página 444 de 497


Perdería demasiado; piénsalo un poco: quinientos escudos nuestros, una recompensa del Gobierno y quién sabe si un ascenso. ¡Pues no va a sentirse poco feliz el condenado cuando yo le dé muerte!... Pero ¿qué tienes?
-Nada, tuve una idea.
-Que no debió de ser nada agradable a juzgar por lo palidez.
-Es que me pregunto por qué razón nos llevarán a la capilla.
-¡Valiente cosa! -dijo Coconnas-. Para cumplir con la Iglesia; creo que ha llegado el momento.
-Pero -agregó La Mole- sólo llevan a la capilla a los condenados a muerte o a los que han sido torturados.
-¡Oh! ¡Oh! -exclamó Coconnas, palideciendo levemente-. Esto merece nuestra atención. Interroguemos sobre el particular al hombre a quien debo destripar. ¡Eh! amigo!...
-¿Me llamáis, señor? -preguntó el carcelero, que vigilaba desde los primeros peldaños de la escalera.
-Sí, ven acá
-Aquí estoy
-Se ha convenido que nos escaparemos de la capilla, ¿no es cierto
-¡Chist! -dijo el carcelero mirando con temor en torno suyo
-Tranquilízate, nadie nos escucha
-Sí, señor, la capilla es el sitio convenido
-¿Pero es que nos van a llevar a la capilla
-Sin duda; es la costumbre
-¿Siempre
-Sí; después de dictada toda sentencia de muerte, se permite que el acusado pase la noche en la capilla
Coconnas y La Mole sintieron un escalofrío y se miraron a un tiempo
-¿Entonces, crees realmente que seremos condenados a muerte
-Sin duda..., y vosotros también debéis de creerlo así
-¿Cómo? -dijo La Mole
-¡Naturalmente!... Si no lo creyerais así, no hubierais preparado vuestra fuga
-¡Sabes que es muy razonable lo que dice este hombre! -aseguró Coconnas a su amigo
-Sí..., pero lo que también sé es que nos jugamos una carta de mucho cuidado
-¿Y yo? -dijo el carcelero-. ¿Acaso yo no arriesgo nada?... ¡Si en un momento de emoción el señor se
equivocase de lugar!... -¡Voto al diablo! Quisier a hallarme en lo puesto -contestó pausadamente Coconnas - y no tener que verme
en otras manos que las mías, ni con otro acero que con el que va a acariciarte las costillas. -¡Condenados a muerte! -murmuró La Mole-. ¡Parece imposible! -¡Imposible! -dijo ingenuamente el carcelero -. ¿Y por qué? -¡Silencio! -dijo Coconnas-. Creo que acaban de abrir la puerta de abajo. -En efecto -respondió el carcelero -, vamos, volved a vuestras celdas. -¿Y cuándo os parece que tendrá lugar el juicio? -preguntó La Mole.


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