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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.443

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Se vería que habíamos obr ado de acuerdo. No, no, lo mejor será en el costado derecho, deslizando hábilmente el puñal a lo largo de las costillas; es una herida verosímil y leve.
-Bueno, me parece bien, sigue...
-Después, tú formas una barricada detrás de la puerta principal con los bancos, mientras nuestras dos princesas salen del altar donde están escondidas y Enriqueta abre la puertecita. ¡Ah! ¡A fe mía que hoy me siento más enamorado que nunca de Enriqueta! Debe de haberme sido infiel para que yo me sienta de tal manera.
-Y luego -añadió La Mole con voz emocionada que salía entre sus labios como una música-, vamos al bosque. Un beso dado por nuestras damas nos vuelve alegres y fuertes. ¿Te imaginas, Annibal, a nosotros dos inclinados sobre nuestros veloces corceles y sintiendo el corazón suavemente oprimido? ¡Oh! Qué bello es el miedo, el miedo cuando se está al aire libre, se cuenta con una buena espada y se puede fustigar y espolear al caballo que a cada grito nuestro, dándole ánimos, más que correr vuela.
-Sí -dijo Coconnas -, ¿pero qué opinas del miedo entre cuatro paredes? Yo puedo hablar de esto porque he sentido algo semejante. Cuando vi por primera vez en mi celda el pálido semblante de Beaulieu, brillaban detrás de él las partesanas y se oía el ruido siniestro del entrechocar de los aceros. Te juro que pensé inmediatamente en el duque de Alençon y esperé que de un momento a otro apareciera su cabeza de villano entre las de los alabarderos. Me equivoqué, y ése fue mi único consuelo, pero no me equivoqué del todo, pues al llegar la noche soñé con él.
-Por lo tanto -dijo La Mole, que seguía sus alegres pensamientos sin acompañar a su amigo al terreno de lo fantástico-, ellas han previsto todos los detalles, incluso el lugar adonde debemos dirigirnos. Iremos a Lorena. En verdad, hubiese preferido ir a Navarra, pues allí estaría en mis dominios, pero Navarra está demasiado lejos. Nancey nos conviene más; por otra parte, tan solo ochenta leguas nos separarán de París. ¿Sabéis, Annibal, lo que siento?
-No, a fe mía. Te confieso que a mí no me causa ninguna pena el irme de aquí.
-Pues lo que siento más es no poder llevarme a ese digno carcelero en lugar de...
-¡Pero él no querría venir! -dijo Coconnas-.


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