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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.442

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-Tranquilízate. Deseo tanto como tú verlos en libertad.
-¡Oh! Ya lo sé y gracias, gracias mil veces por lo que has hecho para conseguirlo.
-Adiós, Margarita, vuelvo a ponerme en acción.
-¿Estás segura de Beaulieu?
-Eso creo.
-¿Y del carcelero?
-Me dio su promesa.
-¿Y los caballos?
-Serán los mejores que haya en las caballerizas del duque de Nevers.
-¡Te adoro, Enriqueta!
Margarit a se arrojó en brazos de su amiga, separándose después las dos mujeres, no sin antes prometerse que se verían al día siguiente y todos los demás días, en el mismo lugar y a la misma hora. Aquellas dos encantadoras y abnegadas criaturas eran las que Co connas llamaba con razón sus «escudos invisibles».
XXVI
LOS JUECES
-Estupendo, mi valiente amigo, estupendo -dijo Coconnas a La Mole cuando los dos compañeros se encontraron después del interrogatorio en que por vez primera se había hablado de la figurita de cera-. Me parece que todo marcha a la perfección y que no tardaremos en vernos libres de los jueces, lo cual no es lo mismo que si nos viéramos libres del médico, sino todo lo contrario, pues, cuando un médico se aparta del enfermo, es porque ya no puede salvarle, mientras que, cuando un juez deja en paz al acusado, es porque ha perdido la esperanza de hacer que le corten la cabeza.
-Sí -dijo La Mole-, me parece reconocer en la complacencia y docilidad de los carceleros y en la elas­ticidad de las pue rtas a nuestras dos nobles amigas, pero a quien no reconozco es al señor Beaulieu, por lo menos a juzgar por la idea que me habían dado de él.
-En cambio, yo sí le reconozco -respondió Co connas-, sólo que esto costará más caro, pero ¡basta!, una es princesa y la otra reina; ambas son ricas y jamás han tenido mejor oportunidad que ésta para emplear su dinero. Ahora repasemos bien nuestra lección; nos llevan a la capilla, allí nos dejan bajo la custodia de nuestro carcelero, encontramos un puñal para cada uno en el sitio indicado y yo practico un agujero en el vientre de nuestro guía.
-No, en el vientre no; vas a dejarle sin sus quinientos escudos. En el brazo será mejor.
-¡Ah! En el brazo sería tanto como perderle al pobre hombre.


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