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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.441

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-Pero -dijo Margarita- una puñalada...
-Puedes estar tranquila, será Annibal el encarga do de dársela.
-En realidad-dijo riendo Margarita-, dio tres estocadas y tres puñaladas a La Mole sin causarle la muerte; de modo que hay razones para suponer...
-¡Bribona! Merecerías que no continuara.
-¡Oh! No, por favor, os lo suplico, dime el resto. ¿Cómo los salvaremos?
-Pues bien, he aquí lo dispuesto: la capilla es el único sitio del castillo donde pueden entrar las mujeres que no estén presas. Nos ocultaremos detrás del altar, y, debajo del paño que lo recubre, ellos encontrarán dos puñales. La puerta de la sacristía estará abierta de antemano. Coconnas hiere al carcelero, que cae fingiéndose muerto; aparecemos nosotras, echamos una capa sobre los hombros de nuestros amigos, huimos con ellos por la puerta de la sacristía, y como tenemos el santo y seña, salimos sin inconvenientes.
-¿Y una vez que estemos fuera?
-Dos caballos los aguardan a la puerta; saltan so bre ellos, abandonan Ille-de-France y se dirigen a Lo-rena, de donde de vez en cuando vendrán a vernos de incógnito.
-¡Oh! ¡Me devuelves la vida! -dijo Margarita-. ¿De suerte que crees que los salvaremos?
-Casi podría responder de ello.
-¿Y llegaremos a tiempo?
-Dentro de tres o cuatro días, Beaulieu nos avisará.
-¿Y si lo reconocen en los alrededores de Vincennes? Esto podría perjudicar nuestros planes.
-¿Cómo quieres que me reconozcan? Voy disfrazada de monja, con una cofia que sólo me deja des­cubierta la nariz.
-Es que todas las precauciones que tomemos serán pocas.
-¡Ya lo sé, voto al diablo!, como diría el pobre Annibal.
-¿Y has preguntado por el rey de Navarra?
-No faltaba más.
-¿Cómo está?
-Más contento que nunca, según parece; ríe, can ta, come con apetito y no pide más que una cosa, y es que le vigilen bien.
-Tiene razón. ¿Y mi madre?
-Ya os lo he dicho; es la que hace todo para que el proce so siga adelante.
-Sí, sí, ya lo sé, pero ¿no sospecha nada de nosotras?
-¿Cómo quieres que sospeche? Todos los que están enterados de nuestro plan tienen interés en guardar el secreto. ¡Ah! Supe que dio orden para que estuvieran dispuestos los jueces de París.
-Obremos rápidamente, Enriqueta. Si nuestros desdichados presos cambian de prisión, habrá que co­menzarlo todo de nuevo.


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