La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.440
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-¡Oh! ¿Qué importa? El rey de Navarra contribuirá, el duque de Alençon y mi hermano Carlos con
tribuirá ..., o si no... -Estáis discurriendo como una loca. Yo tengo los trescientos mil escudos. -¿Tú? -Sí, yo. -¿Y cómo lo los has procurado? -¡Ah!... -¿Es un secreto? -Para todo el mundo, excepto para ti. -¡Oh! ¡Dios mío! -dijo Margarita sonriendo en medio de sus lágrimas-. ¿Los has robado? Juzga por ti misma. -Veamos. -¿Te acuerdas del horrible Nantouillet? -¿El ricachón, el usurero? -El mismo. -¿Y qué? -Que un día, al ver pasar a cierta dama rubia, de ojos verdes, adornada con tres rubíes colocados uno en
la frente y los otros dos en las sienes, tocado. que le sienta muy bi en, a ignorando que esa dama era una duquesa, el ricachón, el usurero exclamó: «¡Por tres besos dados en el lugar de esos tres rubíes, daría tres diaman tes de cien mil escudos cada uno!»
-¡Enriqueta
-¡Margarita! El caso es que obtuve los diamantes y los vendí
-¡Oh! ¡Enriqueta! ¡Enriqueta! -murmuró la reina
-¡Ya ves! -exclamó la duquesa con un acento de impudor, ingenuo y sublime a la vez, que resume el siglo
y la mujer de entonces-. ¡Ya ves si quiero a mi Annibal! -Cierto -dijo Margarita sonriendo y ruborizándose a un tiempo -, le amas mucho, demasiado quizá. Después le estrechó la mano. -De modo que, gracias a los tres diamantes, tengo los trescientos mil escudos y el hombre. -¿El hombre? ¿Qué hombre? -El hombre que hay que matar; olvidas que hay que matar a un hombre. -¿Y encontraste al hombre que hace falta? -Sí. -¿Al mismo precio? -preguntó sonriendo Margarita. -Al mismo precio hubiera hallado mil -respondió Enriqueta-; no, mediante quinientos escudos tan sólo. -¿Y por quinientos escudos encontraste un hombre capaz de dejarse matar? -¿Qué quieres? ¡Es preciso vivir!
-Mi querida amiga, no lo comprendo. Veamos, habla con claridad; los enigmas requieren para ser adivinados un tiempo que en nuestra situación nos es precioso.
-Muy bien, escucha: el carcelero que tiene a su cargo la custodia de La Mole y Coconnas es un antiguo soldado que sabe lo que son las heridas; quiere ayudarnos a salvar a nuestros amigos, pero sin perder su puesto. Una puñalada hábilmente administrada resolverá el asunto. Nosot ras le daremos una recompensa y el Estado una gratificación. De este modo, el buen hombre saldrá ganando por los dos lados y repetirá la fábula del pelícano.
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