La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.438
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En aquel entonces aún no se había dicho en verso: j´ ai ri, me voilà désarmé,
pero sí se decía en prosa, de modo que Coconnas, en cuanto vio sonreír a sus jue ces, creyó haberlos desarmado por lo menos a medias.
Una vez terminado el interrogatorio, volvió a su celda cantando y escandalizando de tal modo que La Mole, a quien estaba dedicado todo aquel bullicio, debió sacar en conclusión los más felices augurios.
Cuando le tocó bajar, La Mole vio con asombro que la acusación ya no seguía el mismo camino, sino otro bien distinto. Le interrogaron acerca de sus visitas a Renato. Contestó que sólo había estado una vez en casa del florentino. Le preguntaron si en aquella ocasión había encargado una figurita de cera. Respondió que Renato le había enseñado aquella figurita ya terminada. Le preguntaron si la figurita representaba a un hombre. Dijo que representaba una mujer. Le pregun taron si el sortilegio no tenía por objeto la muerte de aquel hombre. Repuso que su o bjeto fue lograr el amor de aquella mujer.
Las preguntas fueron hechas de cien modos distintos, pero siempre, y fuera cualquiera el aspecto con que se presentasen, La Mole contestó lo mismo que la primera vez.
Los jueces se miraron entre sí con cierta indecisión, sin saber qué hacer ni qué decir ante semejante sencillez, hasta que un mensaje, recibido por el procurador general, puso término a sus dudas.
Decía así:
Si el acusado niega, recurrid al tormento.
C.
El procurador se guardó el papel en el bolsillo, sonrió al acusado y le despidió cortésmente. La Mole regresó a su celda casi tan tranquilo y alegre como Co connas.
«Creo que todo marcha bien» se dijo.
Una hora después oyó pasos y vio entrar un papel por debajo de su puerta, sin ver la mano que por allí lo echaba. Lo recogió pensando que se trataba de un aviso del carcelero.
Al desdoblarlo, una esperanza casi tan dolorosa como una decepción surgió en su alma. Esperaba que fuera de Margarita, de quien no había tenido ninguna noticia desde que estaba preso. Sus manos le temblaban, y al ver la letra con que estaba escrito estuvo a punto de morirse de alegría:
«Valor -decía el billete-, yo velo por vos.»
-¡Ah! Si ella lo dice -exclamó La Mole cubriendo de besos el papel que había tocado una mano tan queri-da-,estoy salvado.
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