La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.437
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Lo acompañaban dos alabarderos y cuatro hombres de toga.
Coconnas fue invitado a descender a una sala donde le aguardaban el procurador general Laguesle y dos jueces que habían de interrogarle de acuerdo con la acusación formulada por Catalina.
Durante los ocho días que llevaba en la prisión, Coconnas había reflexionado mucho. Además, tuvo ocasión de conversar a diario con La Mole, gracias a la amabilidad del carcelero, quien, sin decirles nada a los dos amigos, les preparó tan grata sorpresa que, según todas las apariencias, no se debían a su sola filantropía. En estas entrevistas, La Mole y él se habían puesto de acuerdo con respecto a la conducta que observarían, y que en resumidas cuentas se reducía a negar absolutamente todo. Por lo tanto, Coconnas estaba persuadido de que, con un poco de habilidad, su asunto marcharía muy bien, dado que los cargos formulados contra ellos no eran más graves que los que pesaban sobre los de más. Enrique y Margarita no habían hecho ninguna tentativa de fuga, de modo que no iban los dos gentiles hombres a verse envueltos en un pleito cuyos principales culpables estaba n en libertad. Coconnas ignoraba que Enrique habitaba el mismo castillo, y la complacencia de su carcelero le dejaba adivinar que sobre su cabeza se cernían protecciones, a las que él llamaba «escudos invisibles».
Hasta entonces, los interrogatorios se h abían limitado a averiguar los proyectos del rey de Navarra, sus planes de huida y la parte que los dos amigos hubieran tomado en ellos. A todas aquellas preguntas, Coconnas había respondido de una manera vaga y sumamente hábil; se disponía a seguir contestando de la misma forma y hasta tenía preparadas por anticipado algunas respuestas, cuando de pronto advirtió que el interrogato rio cambiaba de rumbo.
Se trataba de una o de varias visitas hechas a Renato y de una o de varias figuras de cera fabricada s a instigación de La Mole.
Coconnas, preparado como estaba, creyó notar que la acusación perdía gran parte de su gravedad, pues ya no se trataba de haber hecho traición a un rey, sino de la fabricación de una estatuita real. Además, la estatuita en cues tión sólo tenía ocho o diez pulgadas de tamaño.
Respondió, pues, de la manera más divertida, diciendo que tanto él como su amigo habían dejado hacía mucho tiempo de jugar a las muñecas y advirtió, con harto placer, que varias veces sus respuestas tuviero n el privilegio de hacer sonreír a sus jueces.
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