La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.436
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-¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! -murmuró-. ¡Es imposible! -¡Imposible! -dijo Carlos con una carcajada es tridente-. Es una lástima que Renato no esté aquí; él lo
contaría lo sucedido. -¿ Renato ?
-Sí. Él lo contaría, por ejemplo, que una mujer a la que no osa negarle nada fue a pedirle un libro de caza que ya no está en su biblioteca; que un sutil veneno fue vertido en cada una de las páginas de este libro; que el veneno destinado a no sé quién cayó por un capricho del azar o por un castigo del Cielo en manos de otra perso na y no de aquella a quien estaba destinado. Pero si quieres ver el libro, aun cuando no esté Renato, allí lo tienes en mi sala de armas. Escrito de puño y letra por el florentino, verás que ese volumen, que contiene entre sus hojas veneno suficiente para matar a veinte personas más, fue dado por él a su compatriota.
-¡Silencio, Carlos, silencio! -dijo Ma rgarita.
-Ahora comprenderás por qué es preciso que se crea que muero por efecto de la magia.
-¡Pero se comete una iniquidad! ¡Es espantoso! ¡Perdonadle, por favor! Ya sabéis que es inocente.
-Sí, de sobra lo sé, pero es necesario que se le crea culpable. Sufre, pues, la muerte de lo amante; es poco con tal de salvar el honor de la familia real. Yo también sufriré mi muerte sin protestar para que el secreto muera conmigo.
Margarita inclinó la cabeza convencida de que, por parte del rey, nada podía hacer por salvar a La Mole, y se retiró llorando, sin confiar en otra ayuda que no fueran sus propios recursos. Durante este tiempo y tal y como lo había previsto Carlos, Catalina no perdía un minuto y escribía al procurador general Laguesle una carta que ha sido conservada por la historia y que arro ja sobre este asunto sangrientas luces:
Señor procurador:
Me han dado como cierta esta tarde la noticia de que La Mole hizo el sacrilegio. En su alojamie
to de París se hallaron muchas cosas perversas, tales como libros y papeles. Os rueg
que deis parte al primer presidente a instruyáis lo más pronto que sea posible el
-
CATALINA
XXV
ESCUDOS INVISIBLES
Al día siguiente de aquel en que Catalina escribió el mensaje que acabamos de copiar, el gobernador del castillo entró aparatosamente en la celda de Coconnas.
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