La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.435
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-¿Y qué me respondéis? -Que esta figurita que lleva un manto real sobre los hombros y un a corona en la cabeza representa una
mujer y no un hombre. -¡Bah! -dijo Carlos-. ¿Y esa aguja que le atraviesa el corazón? -Era un sortilegio hecho para hacerse amar por esa mujer y no un maleficio para matar a un hombre. -¿Y esa letra M? -No quiere decir muerte como pretende la reina madre. -¿Qué significa entonces? -preguntó Carlos. -Es la inicial del nombre de la mujer... a quien ama el señor de La Mole. -¿Y esa mujer se llama...? -Margarita, hermano mío -dijo la reina de Navarra, cayendo de rodillas j unto al lecho del rey, cogiéndole
una mano entre las suyas y apoyando sobre ella su rostro bañado en ardientes lágrimas. -¡Silencio, hermana mía! -dijo Carlos lanzando una mirada penetrante y frunciendo el ceño -. De la misma manera como vos oísteis podrían oíros ahora.
-¡Oh, qué me importa! -dijo Margarita, levantando la cabeza -. Aunque el mundo entero me oyera, declararía que es infame abusar del amor de un caballero para manchar su reputación con una acusación de asesinato.
-Margot, ¿si yo lo dijera que conozco la verdad tan bien como tú
-¡Hermano mío
-¿Y si lo dijera que el señor de La Mole es inocente
-¿Lo sabéis
-¿Y si lo dijera que conozco al verdadero culpable
-¡Al verdadero culpable! -exclamó Margarita-. ¿Entonces se ha cometido un crimen
-Sí, voluntaria o involuntariamente, se ha cometido un crimen
-¿Y quién es la víctima
-Yo
-¡Imposible
-¿Imposible...? Mírame, Margot
La joven miró a su hermano y se estremeció al verle tan pálido
-Margot, no me quedan tres meses de vida -dijo Carlos
-¿Vos, hermano mío? ¿Tú, Carlos
-Margot, estoy envenenado
Margarita dio un grito
-Cállate --dijo Carlos-. Es preciso que crean que muero por efectos de la magia
-¿Y conocéis al culpable
-Sí
-Me dijisteis que no era La Mole
-No, no es él
-Ni tampoco puede serlo Enrique... ¡Gran Dios! ¿Será...
-¿Quién
-¿Mi hermano... el duque de Alençon? -murmuró Margarita
-Tal vez
-¿O bien... -Margarita bajó más aún el tono de su voz, como aterrorizada ella misma de lo que iba a
decir-, o bien... nuestra madr e? Carlos no contestó. Margarita le contempló, leyó en sus ojos todo lo que esperaba y cayó de rodillas a su lado, apoyándose en
una butaca.
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