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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.433

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-¡Diantre! No soy brujo --dijo el rey.
-Vuestra Majestad está convencida ahora, ¿no es cierto? -preguntó Catalina.
-En efecto.
-¿Y esta convicción acaba con vuestra inquietud?
-Completamente.
-¿No me lo diréis por compromiso?
-No, madre mía, os lo digo con toda el alma.
El semblante de Catalina se dulcificó.
-¡Dios sea loado! -exclamó, como si realmente creyera en Dios.
-Sí, Dios sea loado -repitió con ironía Carlos-. Ahora ya sé tan bien como lo sabéis vos a quién debo atribuir el estado en que me encuentro y no ignoro por consiguiente a quién debo castigar.
-Y castigaremos ....
-Al señor de La Mole: ¿no me dijisteis que él era el culpable?
-Dije que era el instrumento.
-Está bien -dijo Carlos-, empecemos por La Mole; es el más importante. Todas estas crisis que sufro pueden llegar a crear en torno nuestro suposiciones peligrosas. Es urgente que se haga la luz y que a esta luz resplandezca la verdad.
-¿De modo que el señor de La Mole...? -Me conviene admirablemente como culpable: lo acepto, pues. Comenzaremos por él, y si tiene algún cómplice, ya lo dirá. -Sí -murmuró Catalina-, y si no quiere decirlo, le obligaremos a hablar. Contamos para ello con medios
infalibles. Y levantándose dijo en voz alta: -¿Permitís, señor, que comience la instrucción del proceso? -Es mi deseo, señora -respondió Carlos-, y... cuanto antes comience será mejor... Catalina estrechó la mano de su hijo, sin darse cuen ta del nervioso estremecimiento que la agitó al
ponerse en contacto con la suya, y se fue sin oír la risa sardónica del rey ni la sorda y terrible imprecación que siguió a la misma. El rey se preguntaba si no habría peligro en de jar obrar de tal modo a aquella mujer que era capaz de hacer en pocas horas tanto mal irremediable.
Cuando miraba la puerta por la que acababa de salir Catalina, oyó un ligero ruido a su espalda, y volviendo la cabeza vio que Margarita levantaba el tapiz que comunicaba con el cuarto de su nodriza. Margarita, cuya palidez de rostro, angustiosa mirada y alterada respiración revelaban la más violenta emoción, exclamó precipitándose hacia el lecho de su hermano:
-¡Oh, señor, señor! Vos sabéis muy bien que ella miente
-¿Quién es ella? -preguntó Carlos
-Escuchadme, Carlos, es terrible sin duda acusar a la propia madre, pero supuse que se quedaría a vuestro


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