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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.432

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Página 432 de 497


-Pues bien, señor, ¿os reconocéis en ella?
-¿Yo?
-Sí, vos, con vuest ra corona y vuestro manto.
-¿Y quién ha hecho esta figura? -preguntó Carlos fatigado ya de aquella comedia -. ¿Diréis también que el rey de Navarra?
-No, señor.
-¿No?... Pues entonces no comprendo nada.
-He dicho que no -repuso Catalina-, porque Vuestra Majestad se refirió al hecho en sí, pero hubiese dicho que sí si Vuestra Majestad me hubiese hecho la pregunta de otro modo.

Carlos no contestó. Trataba de adivinar todos los pensamientos de aquella mente tenebrosa que se cerra­ba siempre ante él en el momento preciso en que creía posible poder leer en ella.
-Señor -añadió Catalina-, esta estatua ha sido hallada por Laguesle, vuestro procurador general, en el aposento del hombre que el día de la caza con halcón tenía un caballo dispuesto para el rey de Navarr a.
-¿Os referís al señor de La Mole? -preguntó Carlos.
-Sí, el mismo; ahora, si os place, mirad esta aguja de acero que le atraviesa el corazón y ved la letra que está escrita en el papel que cuelga de ella.
-Veo una M -dijo Carlos.
-Es decir: muerte. Es la fórmula mágica, señor. El inventor escribe así su deseo sobre la misma herida
que abre. Si hubiera querido que os atacara la locura, como hizo el duque de Bretaña con el rey Carlos VI,
hubiese clavado la aguja en la cabeza y hubiera escrito una L en luga r de una M.
-¿De modo -dijo Carlos IX- que en vuestra opinión es el señor de La Mole quien atenta contra mis días?
-Sí, como el puñal busca al corazón, sólo que de trás del puñal está la mano que lo empuña.
-¿Y es ésta la causa del mal que me aflige? ¿Y acabará el mal el día en que cese el sortilegio? ¿Qué es lo que hay que hacer para ello? -preguntó Carlos-. Vos lo sabéis, mi buena madre; yo, como no he dedicado toda mi vida a ocuparme de esto como vos habéis hecho, soy muy ignorante en materia de magia.
-La muerte del inventor rompe el encanto, esto es todo. El día en que el maleficio sea destruido, el mal cesará-dijo Catalina.
-¿De veras? -preguntó Carlos fingiendo asombro.
-¿Cómo? ¿No lo sabéis?


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