La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.430
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Creo que tenéis razón, madre mía.
-Y como no conviene a mi corazón ni al bien del Estado que estéis tanto tiempo enfermo -siguió Catalina-, puesto que vuestra moral podría llegar a que brantarse, he decidido reunir a los más sabios doctores.
-¿En el arte de la medicina, señora?
-No, en un arte más profundo, en el arte que no sólo permite leer en los cuerpos, sino también en las almas.
-¡Ah! ¡Qué hermoso arte, señora! ¡Y cuánta razón tienen al no enseñárselo a los reyes! ¿Y vuestros desvelos han tenido algún resultado? -agregó.
-Sí.
-¿Cuál?
-El que yo esperaba: aquí traigo a Vuestra Majestad el remedio que curará su cuerpo y su espíritu.
Carlos se estremeció. Creyó que su madre, pensando que su enfermedad se prolongaba demasiado, había resuelto acabar a sabiendas lo que había empezado sin saber.
-¿Y dónde está ese remedio? -preguntó Carlos apoyándose en un codo y mirando a su madre.
-Reside en el mismo mal-respondió Catalina.
-¿Y dónde está el mal?
-Escuchad, hijo mío -dijo Catalina-. ¿Habéis oído decir alguna vez que existen enemigos secretos cuya venganza mata a la víctima a distancia?
-¿Por medio del hierro o del veneno? -preguntó Carlos sin perder de vista un instante la impasible fiso nomía de su madre.
-No; por otros medios mucho más terribles y seguros -respondió Catalina.
-Explicaos.
-Hijo mío -dijo la florentina-, ¿tenéis fe en las prácticas de la cábala y de la magia?
Carlos disimuló una sonrisa de desprecio a incredulidad.
-Mucha -dijo.
-Pues bien -replicó apresuradamente Catalina -, es de ahí de donde provienen todos vuestros sufrimientos. Un enemigo de Vuestra Majestad, que no osó atacaros de frente, ha conspirado en la sombra. Ha dirigido contra la persona de Vuestra Majestad una conspiración tanto más terrible cuanto que no tenía ningún cómplice y los misteriosos hilos de su trama eran invisibles.
-¡Imposible, a fe mía! -exclamó Carlos, rebelán dose contra tanta astucia.
-Buscad bien, hijo mío -dijo Catalina-, acordaos de ciertos proyectos de evasión que debían asegu rar la impunidad del criminal.
-¡El criminal! -exclamó Carlos-. ¿El criminal decís? ¿Acaso han intentado matarme, madre mía?
Los ojos cambiantes de Catalina giraron hipócritamente bajo sus párpados caídos.
-Sí, hijo mío; vos tal vez lo dudéis, pero yo estoy segura.
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