La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.429
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-Sí-dijo Carlos con una sonrisa cuyo sentido no pudo adivinar el duque-; no obstante, la última cacería no me sentó nada bien.
Carlos pronunció estas palabras de un modo tan singular, que la conversación, en la que no habían in tervenido los cortesanos allí presentes, quedó interrumpida. Luego el rey hizo un gesto con la cabeza. Los cortesanos, comprendiendo que la recepción había terminado, se retiraron poco a poco.
Alençon hizo un movimiento como para acercarse a su hermano, pero una fuerza interior le detuvo. Saludó y se fue.
Margarita se abalanzó sobre la descarnada mano que su hermano le tendía y, tras oprimirla y besarla, salió a su vez.
-¡Qué buena es Margot! -murmuró Carlos.
Sólo quedó Catalina, que seguía sentada a la cabe cera de la cama. Carlos, al verse cara a cara con ella, se volvió de espaldas con el mismo sentimiento de repulsión con que se hubiera apartado de una serpiente.
El rey, informado por la confesión de Renato, y luego afirmado en su idea a través de largas horas de silencio y meditación, no tenía ya siquiera el consuelo de una duda.
Sabía perfectamente a quién y a qué debía atribuir su muerte.
Así, pues, cuando Catalina se aproximó al lecho y alargó hacia su hijo una mano tan fría como su mirada, éste se estremeció y tuvo miedo.
-¿Os quedáis, señora?
-Sí, hijo mío -repuso Catalina -, tengo que hablaros de cosas importantes.
-Hablad, señora -dijo Carlos, apartándose cuanto pudo de su lado.
-Señor -dijo la reina-, os he oído afirmar hace un momento que vuestros médicos son sabios doctores...
-Y lo sigo afirmando, señora...
-Sin embargo, ¿qué han hecho desde que estáis enfermo? ´
-Nada, es cierto... pero si hubieseis oído lo que decían... En verdad, señora, uno quisiera estar enfermo siempre nada más que por escuchar tan sabias disertaciones.
-Pues bien, ¿queréis que os explique una cosa, hijo mío?
-¡Cómo no! Decídmela, madre mía.
-Sospecho que todos esos grandes doctores no saben una palabra de vuestro mal.
-¿De veras, señora?
-Ellos ven quizás el resultado, pero ignoran las causas.
-Es posible -dijo Carlos sin comprender hasta dónde quería llegar su madre.
-De tal modo que tratan los síntomas en lugar de tratar la enfermedad que los provocan.
-¡Por mi alma! -replicó asombrado Carlos -.
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