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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.428

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Las puertas se abrieron de par en par y todo el mundo pudo reconocer por la palidez de sus mejillas, por el tono marfil eño de su frente y por la llama febril de sus ojos, hundidos en el fondo de negras ojeras, los terribles estragos que la desconocida enfermedad había causado sobre el cuerpo del joven monarca.
La alcoba del rey se llenó rápidamente de cortesanos interesados y curiosos.
Catalina, Francisco y Margarita fueron advertidos de que el rey recibía a la corte.
Los tres fueron a la habitación, mediando entre la entrada de uno a otro muy poco intervalo. Catalina entró calmosamente, Alençon sonriente y Margarita abatida.
Catalina se sentó a la cabecera de la cama de su hijo sin advertir la mirada con que éste la recibió cuando la vio acercarse.
Alençon se situó a los pies y permaneció de pie.
Margarita se apoyó en un mueble y, al contemplar la pálida frente, el rostro demacrado y los ojos hundi ­dos de su hermano, no pudo contener un suspiro, y una lágrima corrió por sus mejillas.
Carlos, a quien nada se le escapaba, vio la lágrima y oyó el suspiro, por lo que hizo a Margarita un signo imperceptible con la cabeza.
Aquel gesto, por imperceptible que fuese, iluminó el semblante de la pobre reina de Navarra, a quien En­rique no había tenido tiempo de decirle nada o no juz gó oportuno hacerlo.
Temía por la suerte de su marido y temblaba por la de su amante.
Por ella misma n o abrigaba ninguna zozobra, pues conocía demasiado bien a La Mole y sabía hasta qué punto podía contar con él.
-Decidme, hijo mío -habló Catalina-. ¿Cómo os encontráis?
-Mejor, madre mía, mejor.
-¿Qué es lo que dicen vuestros médicos?
-¿Mis médicos? ¡Ah! Son grandes doctores, madre -dijo Carlos lanzando una carcajada -, y siento un supremo placer, os lo confieso, cada vez que los oigo discutir acerca de mi enfermedad. Nodriza, dadme de beber.
La nodriza ofreció a Carlos una taza con su acostumbrada mezcl a.
-¿Qué os hacen tomar, hijo mío?
-¡Oh, señora! ¿Quién puede saber de qué se componen sus recetas? -respondió el rey, ingiriendo ávi­damente el brebaje.
-Lo que necesitaría mi hermano -dijo Francisco- sería poderse levantar y tomar el sol; la caza, que a él tanto le gusta, le sentaría muy bien.


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