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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.427

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-¡Oh! ¡No tengas cuidado! Son cosas que quitarán el sueño por una temporada al duque de Aiençon.
La Mole iba a contestar cuando el carcelero, que sin duda había escuchado algún ruido, acudió, metió a
cada cual en su celda y cerró la puerta tras ellos.
XXIV
LA FIGURA DE CERA
Desde hacía ocho días, Carlos se hallaba postrado en el lecho, debilitado por una fiebre extenuante, inte­rrumpida por violentos accesos parecidos a los ataques epilépticos. Durante aquellos accesos daba a veces unos gritos que oían con terror los guardias que estaban en su antecámara y cuyo eco resonaba por los rincones del viejo Louvre, hartos de despertarse de un tiempo a esta parte sobresaltados por tantos ruidos siniestros. Luego, una vez calmado el acceso, abrumado de fatiga y con los ojos sin brillo, se apoyaba en los brazos de su nodriza y guardaba un silencio que parecía, a la vez, despectivo y terrorífico.
Decir lo que Catalina de Médicis y el duque de Alençon, incomunicados por completo, ya que la madre y el hijo se huían mutuamente, guardaban en el fondo de sus siniestros corazones, sería pretender describir el inmundo espectáculo de un nido de víboras.
Enrique continuaba preso y, de acuerdo con sus propios deseos, nadie pudo obtener permiso para visi­tarle, ni siquiera Margarita. Ante los ojos de todos su desdicha era completa. Catalina y Francisco respiraban tranquilos, creyéndole perdido, y Enrique, sintiéndose olvidado, comía y bebía con mayor apetito.
En la corte nadie sospechaba la causa de la enfermedad del rey. Ambrosio Paré y su colega Mazille ha­bían diagnosticado una inflamación del estómago, tomando equivocadamente el efecto por la causa. Por consiguiente, habían prescrito un régimen calmante que por fortuna contribuía a la acción de la bebida in ­dicada por Renato y que Carlos tomaba tres veces al día de manos de su nodriza, como base principal de su alimentación.
La Mole y Coconnas seguían también en la fortaleza de Vincennes rigurosamente incomunicados. Margarita y la señora de Nevers habían hecho diez tentativas de llegar hasta ellos o, al menos, de lograr que les transmitieran un mensaje, pero sus esfuerzos resultaron vanos.
Una mañana, entre las alternativas que experimen taba en el curso de su enfermedad, sintióse Carlos un poco mejor y quiso que se dejase entrar hasta su alcoba a toda la cort e, que, como de costumbre, y pese a la sus pensión de la audiencia matinal, se presentaba todas las mañanas en las habitaciones del rey.


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