La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.425
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De cada ángulo de la habitación salían unos nervios de estilo gótico que se reunían en el centro de la bóveda formando un rosetón.
La Mole estaba sentado en un rincón y, a pesar de la llegada de los visitantes, permaneció como si nada hubiera oído.
El gobernador se detuvo en el umbral y contempló por un instante al preso, que se hallaba inmóvil con la cabeza entre las manos.
-Buenas noches, señor de La Mole -dijo Beaulieu
El joven levantó la cabeza con lentitud
-Buenas noches, señor -respondió
-Señor -añadió el gobernador-, vengo a registraros
-Es inútil -dijo La Mole-, os entregaré todo lo que tengo
-¿Qué tenéis
-Alrededor de trescientos escudos, estas joyas y estos anillos
-Dádmelos, señor -ordenó el gobernador
-Aquí los tenéis
La Mole se vació las bolsillos, quitóse las sortijas y arrancó el broche de su sombrero
-¿No tenéis nada más
--Que yo sepa, no
-¿Y qué es eso que cuelga del cordón de seda que lleváis al cuello? -preguntó el gobernador
-Señor, esto no es-una joya, sino una reliquia
-Dádmela
-¡Cómo! ¿La exigís?..
-Tengo orden de dejaros solamente los vestidos, y una reliquia no es un vestido
La Mole hizo un gesto de cólera que en medio de la calma dolorosa y digna que le caracterizaba, resultó
mucho más terrible todavía para aquellas gentes tan habituadas a las violentas sacudidas de los presos. Casi al instante recuperó su flema. -Está bien, señor -dijo -, ahora veréis qué es lo que me pedís. Volviéndose, como para aproximarse a la luz, desató la pretendida reliquia, que no era otra cosa sino un
medallón con un retrato. Sacó el retrato y se lo llevó a los labios repetidas veces, después de lo cual fingió de jarlo caer y apoyando encima el tacón de su bota hizo como que lo rompía en mil pedazos. -¡Señor!... -dijo el gobernador, al tiempo que se agachaba tratando de salvar de la destrucción aquel misterioso objeto que La Mole quería hacer desaparecer. La miniatura se había hecho añicos. -El rey podrá tener esta joya -dijo La Mole-, pero no tiene ningún derecho sobre el retrato que encerraba.
Aquí tenéis el medallón. Podéis llevárselo. -Me quejaré al rey -dijo Beaulieu. Sin despedirse del preso ni con una sola palabra, se marchó tan furioso que dejó al carcelero el cuidado
de cerrar las puertas sin tomarse el cuidado de presenciar la operación.
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