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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.424

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Al llegar a aquel piso que, contando con el primero, hacía el cuarto, el carcelero abrió sucesivamente tres puertas, provista cada cual de dos cerraduras y tres enormes cerrojos.
Apenas había llegado a la tercera cuando se oyó una voz estentórea que gritaba:
-¡Eh! ¡Voto al diablo! Abrid aunque no sea más que para que entre un poco de aire. Vuestra estufa está tan caliente que aquí se ahoga cualquiera.
Coconnas, a quien habrá reconocido el lector por su juramento favorito, dio desde donde estaba un salto hasta la puerta.
-Un momento, señor mío -dijo el guardián -; no vengo a dejaros salir, sino a que nos dejéis entrar a mí y al señor gobernador, que me sigue.
-¡El señor gobernador! -exclamó Coconnas-. ¿Y a qué viene?
-A visitaros.
-Es mucho honor el que me hace-respondió Co connas-,sea bienvenido el señor gobernador.
El señor Beaulieu entró y, en efecto, cortó en flor la cordial sonrisa de Coconnas con uno de esos gestos glaciales tan propios de los gobernadores de las prisio nes, de los carceleros y de los verdugos.
-¿Tenéis dinero, señor? -le preguntó.
-¿Yo? -dijo Coconnas-. Ni un escudo.
-¿Y joyas?
-Tengo un anillo.
-¿Me permitís que os registre?
-¡Voto al diablo! -exclamó Coconnas enrojeciendo de ira-. Os conviene tanto como a mí el estar en la cárcel.
-Todo hay que sufrirlo al servicio del rey.
-Pero decidme -añadió el piamontés-, ¿las buenas gentes que se dedican a desvalijar a todo el que pasa por el puente Nuevo, están también como vos al servicio del rey ¡Voto al diablo, qué injusto he sido! Hasta ahora los había tomado por simples bando leros.
-Buenas noches, señor --dijo Beaulieu, volviéndose-. Carcelero, encierra a este preso.
Se fue el gobernador llevándose el anillo de Co connas en el que lucía una hermosa esmeralda que la señora de Nevers le había regalado para recordarle el color de sus ojos.
-Veamos al otro -dijo al salir.
Atravesaron un cuarto vacío y recomenzó la operación de abrir tres puertas, seis cerraduras y nueve ce ­rrojos.
Cuando se abrió la última puerta, lo primero que oyeron los visitantes fue un suspiro.
La celda tenía un aspecto aún más lúgubre que la que acababan de dejar. Cuatro aspilleras iluminaban débilmente tan triste recinto. Se hallaban, además, cerradas con barrotes de hierro entrecruzados colocados con tal arte que impedían que el preso pudiera con templar siquiera el cielo.


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