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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.423

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Página 423 de 497



-¡Vaya! ¿Sois vos, Beaulieu? -dijo -. ¿Qué diablos hacéis aquí?
-Señor, acabo de recibir el nombramiento de go bernador de la fortaleza de Vincennes.
-Pues bien, mi querido amigo, vuestro comienzo no puede ser más honroso; un rey como prisionero no es poca cosa.
-Perdón, señor-respondió Beaulieu-, pero antes que vos recibí a dos gentiles hombres.
-¿Quiénes son? ¡Ah! Excusadme; quizá cometo una indiscreción. Si es así, haceos cuenta de que nada he preguntado.
-Monseñor, no tengo por qué guardar el secreto; son los señores La Mole y Coconnas.
-¡Ah! Es verdad; precisamente vi arrestar a esos pobres caballeros; ¿y qué tal soportan su desgracia?
-Cada cual a su manera; mientras uno parece alegre, el otro no puede estar más triste; cuando uno canta, el otro gime.
-¿Cuál es el que llora?
-El señor de La Mole, Majestad.
-A fe mía-dijo Enrique-que comprendo mejor al que llora que al que canta. Según veo, la prisión no es nada alegre. ¿En qué piso están alojados?
-Arriba del todo; en el cuarto piso.
Enrique suspiró. Hubiera dado cualquier cosa por encontrarse allí.
-Vamos, señor Beaulieu, tened la bondad de in dicarme mi celda; estoy deseando verme allí de una vez, pues me encuentro sumamente cansado de todo el día.
-Ésta es, monseñor -dijo Beaulieu, señalando a Enrique una puerta abierta.
-Número dos -dijo Enrique-. ¿Y por qué no la número uno?
-Porque está reservada, monseñor.
-¡Ah! Por lo visto esperáis a un preso de mayor alcurnia que yo.
-No creo haber dicho que se tratara de un preso, monseñor.
-¿Qué es, entonces?
-No insistáis, monseñor, pues me vería obligado a guardar silencio faltando a la obediencia que os debo.
-¡Ah! Eso es distinto --dijo Enrique.
Quedóse más pensativo aún de lo que estaba, pues aquel número uno le intrigaba de modo bien visible.
El gobernador no desmintió su cortesía inicial. Con toda clase de consideraciones instaló a Enrique en su celda, le dio excusas por las comodidades que pudieran faltarle y salió dejando dos centinelas a la puerta.
-Ahora -dijo el gobernador dirigiéndose al carcelero -, vayamos a ver a los otros.
El carcelero tomó la delantera. Regresaron por el mismo camino por donde habían venido; atravesaron la sala de los tormentos, siguieron por el corredor hasta llegar a la escalera y, siempre detrás de su guía, el señor Beaulieu subió tres pisos.


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