La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.422
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Al llegar allí, viendo el capitán de guardias que se disponía a seguir subiendo; le dijo:
-Deteneos aquí, monseñor.
-¡Ah! -respondió Enrique-. Por lo visto se me hacen los honores del piso principal.
-Señor -respondió de Nancey-, os tratan como rey que sois.
«¡Diablos! -pensó Enrique-. Dos o tres pisos más no me hubieran humillado en modo alguno. Aquí estaré demasiado bien; sospecharán cualquier cosa.»
-¿Quiere seguirme Vuestra Majestad? -dijo el señor de Nancey.
-¡Por Dios! -respondió el rey de Navarra-. Sabéis muy bien, señor, que no se trata aquí de lo que yo quiera, sino de lo que ordene mi hermano Carlos. ¿Ordena él que yo os siga?
-Sí, señor.
-En tal caso, ya os sigo.
Se internaron por una especie de corredor hasta encontrar una sala bast ante amplia, de paredes sombrías y aspecto lúgubre.
Enrique miró en torno suyo sin dar señales de in quietud.
-¿Dónde estamos? -preguntó.
-Ésta es la sala de los tormentos, monseñor.
-¡Ah! ¡Ah! -dijo el rey mirando atentamente la estancia que cruzaban.
Había de todo en aquella sala: jarros y caballetes para administrar la tortura del agua y cuñas y mazos para hacer confesar al reo. Alrededor de la sala había una serie de bancos de piedra para los desdichados que esperaban el tormento y, clavadas en la par ed, unas argollas de hierro puestas sin otra simetría que la inspirada por aquel arte siniestro. Su proximidad a los bancos indicaba claramente que servían para apresar los miembros de quienes estuvieran sentados. Enrique continuó su camino sin decir pal abra, pero sin perder un solo detalle de aquel odioso sistema que dejaba escrita, por así decirlo, la historia del dolor sobre las pa-redes. La atención con que miraba todo aquello hizo que no mirase a sus pies, lo que fue causa de que tropezase.
-¡Eh! ¿Qué es esto? --dijo Enrique, señalando una especie de surco abierto en las losas muy húmedas del piso.
-Es el desagüe, señor.
-¿Llueve aquí?
-Sí, señor, sangre.
-¡Ah, ya! -replicó el rey -. ¿Y falta mucho para llegar a mi cuarto?
-Ya estamos; monseñor-dijo una sombra que se dibujaba en la oscuridad y que a medida que se acercaban a ella parecía más definida y palpable.
Enrique, que creyó reconocer la voz, avanzó algu nos pasos y contempló él rostro de quien acababa de hablar.
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