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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.421

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-¡Oh! -dijo Carlos-. Eso no me incumbe; si os atacan, defendeos.
-Señor, ¿podré salir de Francia cuando crea que mi vida esté amenazada?
-Os responderé dentro de quince días.
-Y entre tanto
Carlos, frunciendo el ceño, se llevó el dedo a los labios.
-¡Oh! Podéis estar tranquilo, señor.
Muy dichoso por haber salido del paso tan fácilmente, el florentino saludó y se fue.
Cuando se hubo marchado apareció la nodriza por la puerta de su alcoba.
-¿Qué hay, Carlitos? -preguntó.
-Nodriza, salí con el rocío de la madrugada y he debido de ponerme malo.
-En efecto, estás muy pálido, mi querido, Carlitos.
-Es que me encuentro muy débil. Dadme el brazo, nodriza, para llegar hasta mi cama.
La mujer se acercó solícita. Carlos se apoyó en ella y fue hasta su alcoba.
-Ahora -dijo Carlos- me acostaré sin ayuda de nadie.
-¿Y si viene Ambrosio Paré?
-Le dirás que me encuentro mejor y que ya no le necesito.
-Y entre tanto ¿qué vas a tomar?
-¡Oh! Una medicina muy sencilla -dijo Carlos-: claras de huevo batidas con leche. A propósito, nodriza -continuó-, el pobre Acteón ha muerto. Mañana por la mañana será preciso enterrarlo en un rincón del jardín del Louvre. Era uno de mis mejores amigos... Le haré construir una tumba... si es que tengo tiempo.
XXIII
EL BOSQUE DE VINCENNE S
Tal y como había ordenado Carlos, Enrique fue conducido aquella misma tarde al bosque de Vincennes. Allí se erguía el famoso castillo del que hoy sólo quedan las ruinas, fragmentos colosales que bastan para dar una idea de su grandeza pasada.
El viaje se hizo en litera. Iban a cada lado cuatro guardias y delante el señor de Nancey, portador de la orden que abriría a Enrique las puertas de la prisión protectora.
Al llegar a la poterna de la fortaleza se detuvieron. El señor de Nancey se bajó del caballo , abrió la puerta cerrada con cadenas a invitó respetuosamente al rey a que descendiera de la litera.
Enrique obedeció sin hacer la más mínima objeción. Cualquier sitio le parecía más seguro que el Louvre y cada puerta que se cerraba tras él era una puerta más que le separaba de Catalina de Médicis.
El prisionero atravesó el puente levadizo llevando un soldado a cada lado, atravesó las tres puertas de en­trada y las tres que daban paso a la escalera; luego, precedido siempre por el señor de Nancey, subió un piso.


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