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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.420

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Página 420 de 497


-¿Yo, señor? -dijo Renato poniéndose pálido.
-Sí, vos; al verlo os habéis delatado.
-Señor, os juro...
-Oídme bien, Renato: vos habéis envenenado a la reina de Navarra con unos guantes, al príncipe de Por­cian con el humo de una lamparilla; intentasteis envenenar al señor de Condé con una manzana perfuma­da... Renato, os haré desollar vivo con una tenaza al rojo si no me decís a quién pertenece este libro.
El florentino comprendió que no podía jugar con la cólera de Carlos IX y resolvió ser audaz.
-Y si digo la verdad, señor, ¿quién me garantizará que no seré castigado más cruelmente aún que si callo?
-Yo.
-¿Me dais vuestra palabra de rey?
-A fe de caballero, os digo que no os pasará nada.
-En ese caso, este libro me pertenece -dijo Renato.
-¿A vos? --dijo Carlos retrocediendo y contemplando al envenenador con una mirada extraviada.
-Sí, a mí.
-¿Y cómo salió de vuestras manos?
-Fue Su Majestad la reina madre quien se lo llevó de mi casa.
-¡La reina madre! -exclamó Carlos.
-Sí.
-¿Con qué propósito?
-Con el propósito, según creo, de enviárselo al rey de Navarra, quien había pedido al duque de Alençon un libro de ese género para estudiar la caza con halcón.
-¡Oh! Ya comprendo-dijo Carlos-. En efecto, este libro estaba en el aposento de Enriquito. Me persigue la fatalidad.
El rey sufrió en aquel momento un acceso de tos seca y violenta al que sucedió un nuevo dolor en el es­tómago. Lanzó dos o tres gritos ahogados y se desplo mó en una silla.
-¿Qué tenéis, señor?-preguntó Renato aterro rizado.
-Nada-dijo Carlos-; sólo tengo sed: dadme de beber.
Renato echó agua en una copa y se la presentó con mano temblorosa a Carlos, quien la apuró de un solo
trago.
-Ahora -dijo Carlos cogiendo una pluma y mojándola en el tintero, escribid sobre este libro.
-¿Qué queréis que escriba?
-Lo que os voy a dictar: «Este tratado de caza con halcón fue dado por mí a la reina madre Catalina de Médicis.»
Renato cogió la pluma y escribió.
-Ahora firmad.
El florentino firmó.
-Me prometisteis que conservaría la vida --dijo el perfumista.
-Por mi parte cumpliré lo prometido.
-Pero -dijo Renato- ¿y por parte de la reina madr e?


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