La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.419
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Hallo aquí todo lo que buscaba.
-¿De modo que el perro murió envenenado
-Sí, señor
-¿Con un veneno mineral
-Al parecer
-¿Y qué sentiría un hombre que por descuido hubiese tornado este mismo veneno
-Un gran dolor de cabeza, quemazones internas, como si se hubiese tragado carbones encendidos, do lores
de estómago y vómitos. -¿Y tendría sed? -preguntó Carlos. -Una sed inextinguible.
-Eso es, eso es -murmuró el rey.
-Señor, en vano trato de adivinar el objeto de estas preguntas.
-¿Para qué queréis saberlo? No tenéis necesidad de ello. Limitaos a responder a mis preguntas.
-Interrógueme Vuestra Majestad.
-¿Qué contraveneno habría que administrar a un hombre que hubiese ingerido la misma substancia que mi perro?
Renato reflexionó durante breves momentos.
-Existen varios venenos minerales -dijo-. An tes de contest ar quisiera saber de cuál se trata. ¿Tiene algún indicio, Vuestra Majestad, de la forma en que fue envenenado su perro?
-Sí -dijo Carlos-, se comió una página de un libro.
-¿Una página de un libro?
-Sí.
-¿Y tiene Vuestra Majestad ese libro?
-Aquí está-dijo Carlos, cogiendo el manuscrito del anaquel donde lo había dejado y mostrándoselo a Renato.
Renato hizo un gesto de sorpresa que no pasó in advertido al rey.
-¿Se ha comido una hoja de este libro? -balbució Renato.
-Ésta-dijo Carlos señalando la página ro ta.
-¿Me permitís que arranque otra, señor?
-Hacedlo.
Renato arrancó una hoja y la acercó a la llama de la vela. El papel ardió y un fuerte olor a ajos invadió la estancia.
-Ha sido envenenado con un compuesto de arsénico -dijo.
-¿Estáis seguro?
-Como si lo hubiese preparado yo mismo.
-¿Y el antídoto?...
Renato movió la cabeza.
-¿Cómo? -dijo Carlos con voz ronca-. ¿No conocéis el remedio?
-El mejor y el más eficaz consiste en tomar claras de huevo batidas mezcladas con leche, pero...
-¿Pero... qué?
-Que es preciso tomarlo inmediatamente, pues de lo contrario...
-¿De lo contrario?
-Señor, es un veneno terrible -repitió una vez más Renato.
-Sin embargo, no ocasiona instantáneamente la muerte-dijo Carlos.
-No, pero la muerte es segura; poco importa el tiempo que tarde en ocasionarla; a veces hasta puede calcularse.
Carlos se reclinó sobre la mesa de mármol.
-Ahora -dijo a Renato cogiéndole por el hombro-, ¿conocéis este libro?
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