La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.418
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Sudorosa la frente, crispadas las manos y la respiración jadeante, Carlos permaneció con los ojos fijos sobre el cadáver de su perro. Diez minutos después el florentino llamó tímidamente y, no sin cierto miedo, a la puerta de la habitación
del rey. Existen ciertas conciencias para las que el cielo nunca está despejado. -¡Entrad! -dijo Carlos. El perfumista apareció. Carlos fue hacia él con gesto imperioso. -Vuestra Majestad me ha enviado a buscar-dijo Renato con voz trémula. -Sois un químico hábil, ¿no es cierto? -Señor -Y sabéis todo lo que saben los mejores médicos. -Vuestra Majestad exagera. -No, me lo ha dicho mi madre. Por otra parte, tengo confianza en vos y preferí consultaros antes que a
otro cualquiera. Mirad -añadió destapando el cadá ver del galgo -, mirad por favor lo que este animal tiene entre los dientes y decidme de qué ha muerto.
Renato, con una vela en la mano, se inclinó hasta el suelo, tanto para disimular su confusión como para obedecer al rey. Carlos, de pie, sin apartar los ojos del florentino, aguardaba con una impaciencia fácil de comprender la palabra que podía ser su sentencia de muerte o su salvación.
El perfumista sacó de su bolsillo una especie de escalpelo, lo abrió, con la punta separó de la boca de
animal los trozos de papel adheridos a sus encías
Luego miró largamente y con atención el pus y la sangre que supuraban de las llagas
-Señor-dijo temblando -, los síntomas no son nada bueno s
Carlos sintió que se le helaba la sangre
-Sí -dijo -, este perro ha sido envenenado, ¿no es verdad
-Me temo que sí, señor
-¿Y con qué clase de veneno
-Me parece que con uno de origen mineral
-¿Podríais adquirir la certidumbre de que ha sido envenenado
-Sin duda. Abriéndolo y examinando el estómago
-Abridlo, no quiero tener ninguna duda
-Habría que llamar a alguien para que me ayudara
-Yo mismo os ayudaré -dijo Carlos
-¿Vos, señor
-Sí, yo. Decidme, si está envenenado, ¿qué síntomas encontraremo s
-Rubefacciones y vegetación
-Vamos -dijo Carlos-, manos a la obra
Renato abrió con el escalpelo el abdomen del galgo y separó la piel con las dos manos, mientras que Car
los, rodilla en tierra, le iluminaba con mano crispada y trémula.
-Ved, señor-dijo Renato -, aquí hay señales evidentes. Estas rubefacciones son las que os predije y estas venas sanguinolentas, que parecen las raíces de una planta, es lo que designé con el nombre de vegetación.
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