La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.417
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Pero encadenados como están a su propia grandeza, los reyes no son dueños de ese primer impulso por el que todo hombre puede dejarse arrastrar llevado por una pasión
o actuan do en defensa propia. Carlos comprendió que se trataba de alguna traición y se calló. Arrodillado ante su perro, examinó el cadáver con mirada experta. Los ojos estaban vidriosos, la lengua roja y llena de pústulas. Parecía víctima de una extraña enfermedad que hizo estremecer a Carlos.
El rey volvió a po nerse los guantes que se había quitado y levantó los pálidos labios del can para observar la dentadura. En los intersticios de los dientes había algunos fragmentos blanquecinos que se hallaban también adheridos a los puntiagudos colmillos.
Recogió algunos de aquellos fragmentos y reconoció que eran trocitos de papel.
En las partes de la encía más próximas a los trozos de papel la inflamación era más violenta, la carne aparecía hinchada y la piel roída par la acción del vitriolo.
Carlos miró atentamente a su alrededor. Sobre la alfombra descubrió dos o tres trozos de papel semejan tes a los que había visto en la boca del perro. En uno de estos trozos, mayor que los demás, podía distinguirse parte de un grabado.
Sintió que los cabellos se le erizaban, pues reconoció en aquel papel un fragmento del grabado que representaba a un señor cazando con halcón y que Acteón había arrancado del libro de cetrería.
-¡Ah! -dijo palideciendo-. ¡El libro estaba envenenado!
Luego, evocando los recuerdos:
-¡Por todos los demonios! -gritó-. ¡He tocado cada una de sus páginas con el dedo y después me he lle
vado el dedo a la boca para humedecerlo! Estos desmayos, estos dolores, los vómitos... ¡Me muero! Carlos permaneció por un momento inmóvil bajo el peso de aquel terrib le descubrimiento. Luego se puso en pie lanzando un quejido y se precipitó hacia la puerta.
-¡Renato! -gritó-. ¡Que vayan corriendo a buscar a Renato el florentino al puente de Saint-Michel y que le traigan; time que estar aquí antes de diez minutos! Montad cualquiera de vosotros a caballo y llevaos otro caballo de repuesto para estar más pronto de regreso. En cuanto a Ambrosia Paré, si viene, hacedle esperar.
Un centinela salió corriendo para cumplir la orden de su amo. -¡Oh! -refunfuñó Carlos-. Aunque tenga que torturar a todo el mundo, averiguaré quién fue el que dio este libro a Enriquito.
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