La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.416
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tiempo. -¡Señor de Nancey! -gritó Carlos. El capitán de guardias se presentó.
-Pongo en vuestras manos al hombre más culpable del reino -le dijo -. Me responderéis de él con vuestra cabeza.
Enrique, con aire consternado, salió lentamente detrás del capitán de Nancey.
XXII
ACTEON
Al quedarse solo, Carlos se extrañó de que no apareciera ninguno de sus dos amigos más fieles; eran éstos su nodriza Magdalena y su galgo Acteón.
«La nodriza se habrá marchado a cantar sus salmos a casa de algún hugonote que conozca -se dijo-, y Acteón debe de estar aún resentido del lat igazo que le di esta mañana. N
Cogió una vela y entró en el cuarto de la buena mujer. Allí no había nadie.
Como se recordará, una puerta de la habitación de Magdalena comunicaba con la sala de armas. El rey se acercó a esta puerta.
Apenas había andado unos pasos cuando volvió a sufrir una de aquellas crisis que padeció durante la cacería. Le hacía el efecto de que le atravesaban las en trañas con un hierro al rojo. Una sed inextinguible le atormentaba; como viera sobre una mesa una taza de leche, se la bebió de un tirón, sintiéndose después algo más aliviado.
Cogió de nuevo la vela que dejara sobre un mueble y entró en la sala de -armas.
Con gran asombro por su parte, Acteón no salió a recibirle. ¿Le habrían encerrado? En todo caso, al oír que su amo estaba ya de regreso, aullaría.
Carlos le llamó, silbó; el animal siguió sin aparecer. El rey avanzó algunos pasos, y como iluminara el rincón de la habitación vio allí una masa inerte que yacía en el suelo.
-¡Hola! ¡Acteón, aquí! -dijo Carlos.
Silbó de nuevo.
El perro no se movió tan siquiera.
Carlos corrió hacia donde estaba y le tocó. El pobre animal estaba tieso y frío. De su boca contraída por el dolor habían caído algunas gotas de hiel y una baba espumosa y sanguinolenta se extendía por el suelo. El perro había encontrado una prenda de vestir de su amo; había querido morir apoyando la cabeza sobre aquel objeto que representaba al amigo.
Ante aquel espectáculo que le hizo olvidar sus propios dolores y le devolvió toda su energía, la cólera exaltó sus venas y tuvo el impulso de gritar.
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