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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.415

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guantes... Carlos arrugó la frente; luego poco a poco su semblante se serenó. -Sí, sí -dijo como si hablase consigo mismo-, está en la naturaleza de los seres el instinto de huir a la
muerte. ¿Por qué no ha de hacer la inteligencia lo que aconseja el instinto? -Señor--dijo Enrique -, ¿cree Vuestra Majestad en cuanto le he dicho y está convencido de mi sinceridad? -Sí, Enriquito, eres un excelente muchacho. ¿Y crees tú que quienes lo perseguían no están ya cansados,
sino que, por el contrario, pueden hacer nuevas tentativas ? =Todas las noches me asombro de estar todavía con vida, señor. -Quieren matarte porque saben que lo estimo, Enriquito. Pero puedes estar tranquilo; serán castigados por
su mal proceder. Mientras tanto, lo devuelvo la libertad. -¿Puedo entonces irme de París? -preguntó Enrique. -No, ya sabes que me es imposible prescindir de ti. ¡Por mil demonios! Es preciso que tenga junto a mí a
alguien que me quiera. -Entonces, señor, si Vuestra Majestad me conserva a su lado le ruego que me conceda una gracia. -¿Cuál? -La de no tenerme aquí a título de amigo, sino de prisionero. -¡Cómo! ¿De prisionero? -Sí, ¿no ve Vuestra Majestad que su amistad me pierde? -¿Prefieres mi odio? -Un odio aparente, señor. Vuestro odio me salvará. Mientras me vean en desgracia no tendrán tanta prisa
por verme muerto. -Enriquito -dijo Carlos-, ni sé lo que deseas ni cuál es lo propósito, pero, si tus deseos no se cumplen ni
logras lo que lo propones, seré el primero en asom brarme. -¿Puedo contar entonces con la enemistad del rey? -Sí. -Así me quedo más tranquilo... ¿Qué ordena ahora Su Majestad? -Vete a lo cuarto, Enriquito. Me siento enfermo; voy a ver a mis perros y me acostaré en seguida. -Señor-dijo Enrique-, Vuestra Majestad ha de bido llamar a un médico; su indisposición de hoy puede ser
quizá más grave de lo que p arece. -Ya hice llamar a Ambrosio Paré, Enriquito. -Entonces me voy más tranquilo. -¡Por vida de...! -dijo el rey-. ¡Creo que, de toda mi familia, eres el único que me aprecia de verdad! -¿Es ésa vuestra opinión, señor? -Palabra de caballero. -Pues bien, entonces, recomendadme al señor de Nancey como si fuera un hombre a quien vuestra cólera
no consintiera ni un mes de existencia. Es el único medio de que os pueda seguir queriendo durante mucho


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