La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.413
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Dio una palmada y se presentó un guardia.
-Decid al rey de Navarra que quiero hablarle.
El soldado hizo una reverencia y fue a llevar el recado.
Carlos echó hacia atrás la cabeza; una terrible pesadez le impedía coordinar sus ideas, una especie de nube sangrienta flotaba ante sus ojos y tenía la boca seca, pese a que, sin llegar a apagar su sed, había vaciado ya una jarra entera.
En medio de aquella somnolencia vio abrirse la puerta y aparecer a Enrique. El señor de Nancey le seguía, pero permaneció en la antecámara.
El rey de Navarra esperó a que la puerta se cerrara.
Luego avanzó.
-Señor -dijo-, me habéis dicho que viniera; aquí estoy.
El rey se conmovió al oír su voz, y con gesto maquinal le tendió la mano.
-Señor -dijo Enrique sin mover sus brazos-, Vuestra Majestad olvida que ya no soy su hermano, sino su prisionero.
-¡Ah! Es verdad -contestó Carlos-, gracias por habérmelo recordado. Más aún; recuerdo que me prometisteis que me responderíais francamente cuando estuviésemos solos.
-Estoy dispuesto a cumplir mi promesa; interrogadme, señor.
El rey vertió agua fría en su mano y se la llevó a la frente.
-¿Qué hay de cierto en la acusación del duque de Alençon? Vamos, contestad, Enrique.
-La mitad solamente; era el señor de Alençon quien debía huir y yo quien había de acompañarle.
-¿Y por qué habíais de acompañarle? -preguntó Carlos-. ¿Estabais descontento de mí, Enrique?
-No, señor, al contrario. No tengo más que elo gios para Vuestra Majestad, y Dios, que puede leer en los corazones, verá en el mío cuán profundo es el afecto que profeso a mi hermano y a mi rey.
-Me parece -dijo Carlos-, que no es natural eso de huir de la gente a quien queremos y que nos quiere.
-Por eso -dijo Enrique-no huía de los que me quieren, sino de los que me detestan. ¿Me permite Vuestra Majestad que hable con toda franqueza?
-Hablad.
-Quien es me detestan aquí, señor, son el duque de Alençon y la reina madre.
-Del duque de Alençon no digo que no –repuso Carlos-, pero la reina madre os colma siempre de atenciones.
-Precisamente por eso desconfío de ella, señor, y tengo mis motivos para desconf iar.
--¿Cómo es eso?
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