La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.412
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Esta vez, el rey había perdido el conocimiento. Trajeron una camilla sobre la que le colocaron. Cubierto
con una capa que ofreció un cortesano, el cortejo se encaminó hacia París. Quienes habían visto salir por la mañana a unos alegres conspiradores y a un soberano feliz veían volver a un rey moribundo rodeado de prisioneros.
Margarita, que no había perdido su libertad corporal ni espiritual, hizo una última seña de in teligencia a su marido y pasó luego tan cerca de La Mole que éste pudo oír las dos palabras griegas que pronunció.
-Mê déidé.
Es decir: «Nada temas.
-¿Qué lo ha dicho? -preguntó Coconnas
-Me ha dicho que no tema nada -respondió La Mole
-Tanto peor-murmuró el piamontés-, eso significa que nada bueno podemos esperar de todo esto.
Siempre que me han dicho esas palabras a manera de aliento he recibido una bala o una estocada en el cuerpo, cuando no una maceta en la cabeza. «Nada temas», en hebreo, latín, gr iego o francés, siempre ha significado para mí: «Ten cuidado.»
-En marcha, señores --dijo el teniente de la caballería ligera
-Si no es indiscreción, señor -dijo Coconnas-, ¿adónde nos llevan
-Creo que a Vincennes -respondió el teniente
-Preferiría ir a otra parte -comentó el piamon tés-; pero, en fin, no siempre va uno adonde se propone
En el trayecto el rey recobró el sentido y sintió renacer sus fuerzas
Al llegar a Nanterre quiso volver a montar a caballo, pero se lo impidieron
-Haced llamar a Ambrosio Paré -solicitó Carlos al llegar al Louvre
Bajó de su improvisada litera, subió la escalera apo yado en el brazo de Tavannes y entró en su aposento,
prohibiendo que nadie le siguiera.
Todo el mundo advirtió su extremada gravedad; durante el camin o pareció meditar profundamente, no dirigió la palabra a nadie y, sin duda, había olvidado ya la conspiración y los conspiradores. Era evidente que lo que más le preocupaba era su enfermedad.
Enfermedad súbita, extraña y aguda, cuyos síntomas eran los mismos que los que experimentara su her-
mano Francisco II poco tiempo antes de morir. Por eso, la orden de que nadie, excepto Ambrosio Paré, entrara en su cuarto no causó extrañeza. La misantropía formaba, como ya se sabe, el fondo del carácter de aquel príncipe.
Carlos entró en su alcoba, se sentó en un sofá, apoyó la cabeza en unos almohadones y, pensando que quizás Ambrosio Paré tardaría en acudir, quiso entretener el tiempo de la espera.
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