La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.411
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Felizmente, señor, os previne que
desde hace algunos días estos caballeros no pertenecen a mi servicio. -¿Cómo? -dijo Coconnas-. ¿Tendré la desdicha de no servir más a Vuestra Alteza?... -¡Diablos! Vos lo sabéis mejor que nadie,.puesto que me presentasteis la renuncia en una carta bastante
impertinente por cierto, que conservo, ¡a Dios gracias!, y que por casualidad traje conmigo.
-¡Oh! -respondió Coconnas-. Esperaba que Vuestra Alteza me hubiese perdonado -esa carta escrita en un momento de mal humor. Me acababa de enterar de que Vuestra Alteza había querido estrangular a mi amigo La Mole en un corredor del Louvre.
-¿Qué dice de esto el interesado? -interrumpió el rey.
-Creí que Vuestra Alteza estaba solo --dijo in genuamente La Mole-, pero cuando me enteré de que otras tres personas... -¡Silencio! -ordenó Carlos-. Ya estamos suficientemente informados, Enrique -dijo dirigiéndose al rey de
Navarra-. ¿Me dais vuestra palabra de que no intentaréis huir? -Os la doy, señor. -Volved a París con el señor de Nancey y esperad en vuestra habitación. Y vos, señores -continuó,
volviéndose hacia los dos caballeros-, entregad vuestras espadas. La Mole miró a Margarita, que sonrió. Después entregó la espada al capitán que halló más próximo. Coconnas hizo otro tanto. -¿Encontraron al señor de Mouy? –preguntó el rey. -No, señor -contestó De Nancey -, o no estaba en el bosque o se ha escapado. -Tanto peor --dijo el rey-, volvamos. Siento frío y temo desmayarme. -Es la cólera tal vez, señor -dijo Francisco. -Sí, es posible; todo vacila a mi alrededor. ¿Dónde están los prisioneros? No los veo. ¿Es de noche ya?
¡Oh! ¡Misericordia!... ¡Me quemo!... ¡A mí! ¡A mí!... El desdichado rey, soltando las riendas, abrió los brazos y cayó hacia atrás, siendo sostenido por los cortesanos aterrorizados ante este segundo ataque. Francisco, un poco retirado, se enjugaba la frente, ya que él era el único que sabía cuál era el mal que así atormentaba a su hermano. Enfrente de él, el rey de Navarra, ya bajo la custodia del señor de Nancey, consideraba la escena con creciente asombro. « ¡Eh! -pensó con aquella prodigiosa intuición que de cuando en cuando le convertía en iluminado -. ¿Y si
fuera una suerte para mí el que me hayan impedido la huida?» Miró a Margarita, cuyos grandes ojos dilatados por el susto iban de él a Carlos y de Carlos a él.
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