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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.410

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Por un momento todos callaron. -El señor De Mouy no está entre los prisioneros -dijo por fin el señor de Nancey -, algunos de nuestros
hombres creen haberle visto, pero ninguno está seguro. . Alençon profirió una blasfemia. -Señor-dijo Margarita señalando a La Mole y a Coconnas, que habían escuchado toda la conversación y
sobre cuya inteligencia creía poder confiar-, aquí hay dos gentiles hombres, pertenecientes al servicio del
duque de Alençon; interrogadles y responderán. El duque acusó el golpe. -Hice que los detuvieran precisamente para pro bar que no están a mi servicio -dijo Alençon. El rey miró a los dos amigos y se estremeció al ver de nuevo a La Mole. -¡Oh! ¡Aún ese provenzal! -gruñó. Coconnas saludó cortésmente. -¿Qué estabais haciendo cuando os detuvieron? -le preguntó el rey. -Señor, hablábamos de hechos de guerra y de amor. -¿A caballo, armados hasta los dientes y dispuestos a huir? -No, señor -dijo Coconnas-, Vuestra majestad está mal informado. Estábamos echados a la sombra de un
haya. Sub tegmine fagi. -¡Conque estabais tendidos a la sombra de un haya, eh! -Y hasta hubiésemos podido huir si hubiéramos creído que de algún modo habíamos incurrido en la
cólera de Vuestra Majestad. Veamos, señores, por vuestro honor de soldados -añadió Coconnas diri­giéndose a los guardias que les habían detenido -, ¿no creéis que, de haber querido, hubiéramos podido es­capar?
-El hecho es -dijo el teniente- que estos señores no hicieron el menor movimiento para huir
-Porque tenían lejos sus caballos -terminó el duque de Alençon
-Pido humildemente perdón a Vuestra Alteza -dijo Coconnas-, pero yo tenía el mío entre mis piernas y
mi amigo el conde Lerac de La Mole tenía el suyo de la rienda. -¿Es verdad, señores? -preguntó el rey. -Así es, señor -respondió el teniente-, y es m ás: el señor de Coconnas se bajó de su caballo en cuanto nos
vio. El aludido sonrió como queriendo decir: «Ya lo veis, señor.» -Pero ¿y los otros caballos, y las mulas, y los co fres con que estaban cargados? -preguntó Francisco. -¿Acaso somos mozos de cuadra? Llamad al palafrenero que los cuidaba. -No está -dijo el duque furioso. -Será porque del susto habrá salido corriendo -repuso Coconnas-; no se puede pedir a esa gente que tenga
la misma sangre fría de un gentilhombre. -¡Siempre el mismo sistema! -dijo Alençon rechinando los dientes-.


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