La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.409
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-Mi halcón se puso a perseguir un faisán, señor, en el momento en que nos quedamos atrás para examinar la garza.
-¿Y dónde está el faisán?
-Aquí; es un hermoso macho, ¿no es cierto?
Enrique, con su expresión más inocente, presentó a Carlos un ave de plumaje púrpura, azul y oro.
-¡Ah! Pero ¿por qué no os reunisteis conmigo en cuanto cazasteis el faisán?
-Porque dirigió su vuelo hacia el parque, de modo, señor, que, cuando bajamos a la orilla del río, os vimos como a una media legua de distancia y en dirección al bosque. Entonces nos pusimos a galopar siguiendo vuestras huellas, ya que siendo de vuestra partida no queríamos perdernos de Vuestra Majestad.
-¿Y todos estos caballeros? -preguntó Carlos-. ¿Estaban también invitados a ser de mi partida?
-¿Qué caballeros? -contestó Enrique, mirando a su alrededor inquisitivamente.
-¡Vuestros hugonotes, pardiez! -dijo Carlos-. En todo caso, si alguien los ha invitado no fui yo.
-Desde luego, señor -replicó Enrique-, pero puede haberlos invitado el señor duque de Alen çon.
-¡Alençon!
-¿Yo? -dijo el duque.
-Sí, hermano mío -repuso Enrique-. ¿No anunciasteis ayer que erais rey de Navarra? No os extrañe que estos hugonotes, que os quieren como soberano, vengan a agradeceros a vos que hayáis aceptado la corona y al rey por habérosla otorgado. ¿No es así, señores?
-¡Sí! ¡Sí! -gritaron veinte voces-. ¡Viva el duque de Alengon! ¡Viva el rey Carlos!
-Yo no soy rey de los hugonotes -dijo Francisco trémulo de ira
Luego, mirando a Carlos por el rabillo del ojo, añadió
-Y espero que no lo seré nunca
-¡No importa! -dijo Carlos-. Vos mismo sabéis, Enrique, que todo esto es muy extraño
-Señor -dijo el rey de Navarra con firmeza-, cualquiera diría que estoy sufriendo un interrogatorio
-Y si yo os dijera que en efecto es así, ¿qué me responderíais
-Que soy tan rey como vos, señor --dijo altivamente Enrique-, pues no es la corona, sino el nacimiento el
que confiere la dignidad, y que, por lo tanto, respondería a un hermano o a un amigo, pero a un juez, jamás. -Me gustaría-murmuró Carlos- saber a qué atenerme alguna vez en mi vida. -Que traigan al señor De Mouy-dijo Alengon y lo sabréis. El señor De Mouy debe de haber caído
prisionero. Enrique se sintió inquieto por un instante y cambió con Margarita una mirada.
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