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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.408

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Página 408 de 497



-Aquí están -dijo la señora de Nevers.
En efecto, en aquel preciso momento aparecieron por un sendero que conducía al río Enrique y Marga ­rita, tranquilos ambos como si nada hubiera ocurrido.
Cada cual traía su halcón en la mano y venían tan amo rosamente emparejados que sus caballos, galopando al unísono, parecían acariciarse con el hocico.
Entonces fue cuando el duque de Alençon, furio so, mandó dar una batida por los alrededores, que dio
como resultado la detención de La Mole y de Coconnas en su escondite de hiedra.
Los dos amigos entraron en el círculo que formaban los guardias fraternalmente abrazados. Pero, como no eran reyes, no pudieron adoptar igual compostura que Enrique y Margarita. La Mole estaba demasiado pálido y Coconnas en exceso acalorado.
XXI
INVESTIGACIONES
El espectáculo que vieron los jóvenes al entrar en el círculo fue de aquellos que no se olvidan jamás, aunque sólo se hayan gozado un instante.
Carlos IX, como ya h emos dicho, había pasado revista a todos los caballeros encerrados en la choza de los monteros y sacados de allí uno tras otro por los guardias.
Tanto él como el duque de Alençon seguían el desfile con curiosidad en espera de que saliera, cuando le llegara su turno, el rey de Navarra.
Su espera fue inútil. Ni el rey ni la reina de Navarra estaban allí; era preciso saber, por lo tanto, dónde se hallaban.
Así, pues, cuando se vio aparecer en el fondo del sendero a los dos jóvenes esposos, Alençon palideció y Carlos sintió que se le dilataba el corazón. Instintivamente deseaba que todo lo que le había obligado a ha­cer su hermano recayera sobre el propio Francisco.
«Se nos escapará otra vez -pensó el duque, poniéndose pálido.»
El rey fue presa en aquel instante de unos dolores de estómago tan violentos, que soltó las riendas, se lle­vó las manos al sitio dolorido y comenzó a gritar como si estuviera en pleno delirio.
Enrique se aproximó solícito. Pero bastó el tiempo que tardara en recorrer los doscientos pasos que le se­paraban de su cuñado para que Carlos se sintiera repuesto.
-¿De dónde venís, señor? --dijo el rey con una aspereza que impresionó a Margarita.
-Pues... de la caza, hermano mío -replicó ella.
-La caza era en la orilla del río y no en el bosque.


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