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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.407

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Creyéndose dueños del bosque, apostaron aquí y allá algunos centinelas que los soldados de caballería ligera, cambiándose sus brazaletes blancos por otros encarnados, precaución debida al ingenio del señor de Nancey, habían ido relevando por sorpresa sin disparar un solo tiro.
Los soldados habían continuado su batida hasta rodear el pabellón, pero De Mouy, que, como hemos dicho, esperaba al rey al final del camino de las Violetas, vio de qué forma cautelosa se movían y tuvo sos­pechas de aquella gente.
Al mismo tiempo distinguió al otro extremo del camino principal las plumas blancas y los arcabuces de la guardia del rey.
Por último reconoció al propio rey, en el mismo momento en que por el otro extremo del camino aso ­maba el rey de Navarra.
Entonces dibujó una cruz en el aire con su sombrero, señal convenida para indicar que todo estaba perdido.
Al verla, Enrique volvió grupas y desapareció.
Hundiendo las espuelas en el vientre de su caballo, De Mouy emprendió la fuga y, al pasar junto a La Mole y Coconnas, les gritó las palabras de advertencia que ya conocemos.
Por su parte, Carlos IX, que había notado la desaparición de Enrique y de Margarita, llegaba, escoltado por el duque de Alençon, junto a la cabaña, donde dio orden de que encerraran a todos los que estuvieran no sólo en el pabellón, sino desperdigados por el bosque, muy convencido de que estarían encerrados allí los reyes de Navarra.
Alençon, lleno de confianza, galopaba al lado del rey, cuyos dolores cada vez más agudos no hacían más que aumentar su mal humor. Dos o tres veces estuvo a punto de desmayarse y tuvo un vómito de sangre.
-Vamos, vamos -dijo al llegar-, despachemos de una vez; quiero regresar al Louvre cuanto antes. Sa cad a todos esos herejes, que hoy es el día de San Blas, primo de san Bartolomé.
Obediente a las órdenes del rey, el grupo de picas y arcabuces se puso en movimiento y obligó a los hugo notes a que salieran uno tras otro de la cabaña.
Pero ni el rey de Navarra, ni Margarita, ni De Mouy aparecieron.
-¿Dónde está Enrique? -dijo Carlos volviéndo se hacia su hermano-. ¿Y Margarita? Vos me los habéis prometido, Alençon, y, ¡pardiez!, es preciso que me los encontréis.
-En ninguna parte hemos visto al rey ni a la reina de Navarra, señor-dijo el capitán de Nancey.


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