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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.406

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Los soldados se hallaban todavía a unos treinta pasos de los dos inseparables amigos.
-Veamos -continuó el piamontés hablando en voz alta al teniente y mirando directamente a La Mole-. ¿Qué ocurre?
El teniente ordenó que apuntaran a los dos amigos.
Coconnas continuó en voz baja:
-¡Monta, La Mole, aún es tiempo! Salta al caballo como lo he visto hacerlo cien veces y huyamos.
Luego, volviéndose a los soldados:
-¡Qué diablos, señores, no tiréis! -dijo-. Podríais matar a unos amigos.
Y dirigiéndose a La Mole, añadió:
-A través de los árboles se apunta mal; dispararán, pero no harán blanco.
-¡Imposible! -dijo La Mole-. No podemos llevarnos ni el caballo de Margarita ni las dos mulas y esos animales podrían comprometerla, mientras que con mis respuestas alejaré toda sospecha. ¡Vete tú, amigo mío, vete en seguida!
-Señores -dijo Coconnas levantando su espada-, nos rendimos.
Los soldados bajaron sus mosquetes.
-Pero ante todo, ¿por qué hemos de entregarnos?
-Ya se lo preguntaréis al rey de Navarra.
-¿Qué crimen hemos cometido?
-El señor de Alençon os lo dirá.
Coconnas y La Mole se miraron con asombro; el nombre de su enemigo no era como para tranquilizarlos.
Sin emba rgo, ninguno de los dos opuso resistencia. Coconnas fue invitado a bajarse del caballo, maniobra que hizo sin formular observación alguna. Ambos fueron rodeados por los soldados y, juntos, empren 3ieron el camino hacia el pabellón de Francisco 1.
-¿No querías ver el pabellón de Francisco I? -dijo Coconnas a La Mole al divisar entre la arboleda los muros de un hermoso edificio gótico-. Pues ahí lo tienes.
La Mole no contestó, pero alargó la mano a Co connas.
Al lado de aquel magnífico pabellón, construido en tiempos de Luis XII y llamado de Francisco I porque éste solía elegirlo para sus reuniones de caza, se hallaba una especie de cabaña destinada a los monteros y que apenas si se veía, oculta por los mosquetes, alabardas y relucientes espadas, tal que una t opera bajo una parva de mieses.
Allí fueron llevados los prisioneros.
Aclaremos ahora la situación, harto confusa por cierto para nuestros dos amigos, relatando todo lo ocu­rrido.
Los caballeros protestantes se habían reunido tal y como estaba acordado en el pabellón de Francisco I, cuya llave, como sabemos, se la había procurado De Mouy.


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