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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.405

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Página 405 de 497


Te adivino, vas a hacer retórica, parafrasearás la palabra «huir», hablarás de Horacio y de cómo arrojó su escudo y de Epaminondas, a quien llevaron en el suyo. Sólo lo diré unas palabras: Cuando huye el señor De Mouy de Saint-Phale, todo el mundo puede hacer lo mismo.
-El señor De Mouy de Saint-Phale -dijo La Mole -no está encargado de guiar a la reina Margarita. El señor De Mouy de Saint-Phale no está enamorado de la reina Margarita.
-¡Voto al diablo! Y hace bien, ya que ese amor podría llevarle a hacer tonterías semejantes a las que estás pensando. ¡Que quinientos mil diablos del infierno se lleven un amor que podría costar la cabeza a dos valientes gentiles hombres! ¡Diantre!, como dice el rey Carlos, el caso es que conspiramos y que, cuando no se sabe conspirar, es preciso saber escapar. ¡Monta! ¡Monta, amigo La Mole!
-Escápate tú, querido, no os lo impido; es más, os invito a que lo hagas. Tu vida vale más que la mía. De­fiéndela, pues.
-Valía más que me dijeras: «Coconnas, hagámonos ahorcar juntos», que no: «Coconnas, huye tú solo.»
-¡Bah! Amigo mío -respondió La Mole-, la horca está hecha para los patanes y no para hidalgos como nosotros.
-Empiezo a creer -dijo Coconnas suspirando que no es del todo mala la precaución que tomé.
-¿Cuál?
-La de hacerme amigo del verdugo.
-Estás lúgubre, mi querido Coconnas.
-Pero decidme, ¿qué hacemos por fin? -exclamó éste impaciente.
-Vamos a encontrarnos con la reina.
-¿Dónde?
-No lo sé... Busquemos entonces al rey.
-¿Dónde?
-Tampoco lo sé... Pero le encontraremos y haremos entre los dos lo que cincuenta personas no pudieron o no se atrevieron a hacer.
-Me tocas el amor propio, Hyacinte; mal síntoma.
-Pues en marcha.
-¡Bien dicho!
La Mole se volvió para apoyarse en la montura, pero en el momento en que ponía el pie en el estribo se oyó una voz imperiosa.
-¡Alto ahí! Rendíos -dijo la voz.
Al mismo tiempo apareció un hombre por detrás de una encina, después otro y así hasta treinta. Eran los soldados de caballería ligera que, convertidos en infantes, se habían deslizado por entre los brezos y daban una batida por el bo sque.
-¿Qué lo dije? -murmuró Coconnas.
Una especie de sordo rugido fue la respuesta de La Mole.


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