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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.401

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¡Vamos, vamos a seguir cazando, señores! Allí hay una bandada de patos salvajes. Soltad todos los halco nes, ¡por Dios!, vamos a divertirnos.
Soltaron seis halcones, que se lanzaron en busca de los patos, y toda la comitiva, con el rey delante, se acercó al borde del río.
-¿Y ahora qué opináis, señora? -dijo Enrique a Margarita.
-Que el memento es bueno y que, si el rey no se vuelve, llegaremos fácilmente hasta el bosque.
Enrique llamó al montero que llevaba la garza y, mientras la comitiva se deslizaba a lo largo del talud que sirve hoy de muro de contención a una terraza, se quedó atrás como si examinara el cadáver del animal vencido.
XX
EL PABELLÓN DE FRANCISCO I
Constituía un hermoso espectáculo la caza con halcones cuando en ella tomaban parte los reyes; mucho más cuando éstos eran considerados como semidioses y la caza no solamente era una distracción, sino un arte.
No obstante, debemos abandonar el espectáculo para llegar hasta un lugar del bosque donde todos los actores de las escenas que acabamos de relatar vendrán pronto a reunirse con nosotros.
A la derecha de la avenida de Violettes se extiende un camino frondoso por donde entre los espliegos y los brezos asoman de vez en cuando las orejas de una inquieta liebre o levanta su cabeza de ramificados cuernos algún gamo errante que dilata sus narices y parece escuchar. Existe un claro lo bastante alejado para que no pueda verse desde el camino, pero no tanto como para que desde él no pueda distinguirse lo que en el camino ocurra.
En medio de este claro del bosque había do s hombres echados en la hierba sobre sus capas de viaje. Cada cual tenía a su lado una espada y un trabuco de ancha boca. Desde lejos se parecían, por la elegancia de sus trajes, a los alegres personajes del Decamerón, y de cerca, por sus armas amenazadoras, a esos bandidos de los bosques que cien años más tarde pintó Salvador Rosa en sus paisajes.
Uno de ellos se hallaba de rodillas, apoyado en una mano.
Escuchaba del mismo modo que las liebres y ga mos de los que antes hemos hablado.
-Me parece -dijo- que los cazadores acaban de pasar muy cerca de aquí. Hasta he oído los gritos de los monteros animando al halcón.


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