La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.400
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Descendía velozmente, sufriendo las embestidas constantes del halcón, a las que no respondía sino con gritos. De repente plegó sus alas y se dejó caer como una piedra, pero su adversario hizo otro tanto y, cuando la fugitiva quiso reanudar su vuelo, un último picotazo la dejó sin fuerzas. Continuó su caída girando sobre sí misma y, cuando tocaba el suelo, el halcón se precipitó sobre ella, lanzando un gri to de victoria que ahogó el de la vencida.
-¡Al halcón! ¡Al halcón! -exclamó Carlos.
Y salió al galope hacia el lugar donde habían caído los dos pájaros.
De repente frenó en corto a su caballo, lanzó un grito semejante a los de las aves, soltó las riendas, se asió con una mano a las crines del animal y se llevó la otra al estómago, como si hubiese querido
desgarrarse las entrañas.
Al oírle acudieron todos los cortesanos.
-No es nada, no es nada-dijo Carlos con el rostro inflamado y los ojos turbios-. Me pareció como si me atravesaran el estómago con un hier ro candente. Vamos, vamos, no es nada.
Dicho esto, el rey Carlos volvió a emprender el galope.
El duque de Alençon se puso pálido.
-¿Hay algo de nuevo? -preguntó Enrique a Margarita.
-No sé nada -contestó ésta-, pero ¿os habéis fijado?, mi hermano estaba amoratado.
-Muy contra su costumbre -afirmó Enrique.
Los cortesanos se miraron estupefactos entre sí y siguieron al rey.
Por fin llegaron al sitio donde habían caído los pájaros. El halcón estaba devorando los sesos de la garza.
Carlos se bajó del caballo para presenciar la escena más de cerca.
Al pisar el suelo, se vio obligado a apoyarse contra su montura; todo daba vueltas a su alrededor y sintió un inaplazable deseo de dormir.
-¡Hermano mío! ¡Hermano mío! ¿Qué tenéis? -le preguntó Margarita.
-Siento lo que debió de sentir Porcia cuando se tragó los carbones encendidos; tengo dentro algo que me quema y me parece que respiro fuego.
Al mismo tiempo, Carlos sopló y pareció quedarse asombrado de que no saliera fuego de su boca.
Los monteros se habían apoderado del halcón y volvían a ponerle su capirote, mientras el resto de los cazadores se agrupaba en torno a Carlos.
-¿Qué significa esto? ¡Por los clavos de Cristo! O no es nada o es el sol que me hace estallar la cabeza y los ojos.
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