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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.399

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¡Espera! ¡Espera! ¡Vamos, Pico de Hierro! ¡Vamos con ella!...
La lucha fue interesante. Los dos pájaros se aproximaron o, mejor dicho, el halcón alcanzaba a la garza.
¿Quién vencería en este primer ataque?
El miedo tuvo mejores alas que el valor.
El halcón pasó rozando el vientre de la garza. Ésta, aprovechándose de su superioridad, le dio un picotazo. Como herido por una puñalada, el halcón giró tres veces sobre sí mismo, como aturdido, y por un instan te pudo creerse que abandonaba el combate. Pero tal que un guerrero herido que se levanta con redoblado furor, lanzó un grito agudo y amenazador y volvió al ataque.
La garza se había aprovechado de la tregua y, cambiando la dirección de su vuelo, se dirigió hacia el bos­que, tratando esta vez de alejarse lo más posible y no de ganar altura.
El halcón era un animal de buena casta y tenía tan ta vista como un gerifalte.
Repitió la misma maniobra, fue en diagonal hacia la garza, que lanzó dos o tres silbidos lastimeros, tra­tando de ganar altura como la vez anterior.
Al cabo de unos segundos, los dos pájaros parecían a punto de perderse entre las nubes. La garza parecía del tamaño de una alondra y el halcón era un punto negro, po r momentos imperceptible.
Carlos y su corte no perseguían ya a las aves sino con la vista. Cada cual permanecía quieto en su sitio con los ojos fijos en la fugitiva y en su perseguidor.
-¡Bravo! ¡Bravo, Pico de Hierro! -gritó Carlos de pronto -. ¡Mirad, señores, mirad! ¡Ya está encima! ¡Hala! ¡Hala!
-Confieso que no alcanzo a ver ninguno de los dos -dijo Enrique.
-Ni yo -añadió Margarita.
-Si no los ves, Enriquito, por lo menos los oirás -contestó Carlos-, sobre todo a la garza. ¿No la oyes? Pide clemencia.
En efecto, dos o tres gritos lastimeros sólo perceptibles para un oído experto llegaron desde las alturas.
-Oye, oye-gritó Carlos-; ahora los verás bajar más de prisa que subieron.
Así fue. En cuanto el rey pronunció estas palabras, reaparecieron los dos contrincantes.
Al principio sólo se vieron dos puntos negros, pero, por su diferente tamaño, podía deducirse fácilmente que el halcón volaba sobre la garza.
-¡Mirad! ¡Mirad! ¡Pico de Hierro gana! -exclamó Carlos.
Efectivamente, la garza, dominada por el ave de rapiña, ni siquiera intentaba defenderse.


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