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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.397

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significaban: «Estad tranquila, amiga mía.»
Por lo que se refiere a Catalina, ésta había dejado caer la cortina en cuanto el cortejo dejó desierto el Pa­tio del Louvre. Pero una cosa no había escapado a su penetración: la palidez de Enrique, sus estremecimientos nerviosos, sus diálogos en voz baja con Margarita.
Enrique estaba pálido porque, no siendo un temperamento sanguíneo, su sangre, en lugar de acudir al cerebro en cuantas ocasiones estuvo su vida en peligro, afluía al corazón.
Tenía estremecimientos nerviosos porque le im presionó la forma en que le acogiera Carlos, tan distinta a la acostumbrada.
Digamos, por último, que conferenciaba con Margarita porque, como ya sabemos, el marido y la mujer, en materia política, habían concertado una alianza ofensivo -defensiva.
Pero Catalina interpretó los hechos de muy distinto modo.
-Esta vez -murmuró mientras se dibujaba en sus labios la florentina sonrisa que le era peculiar-, me
parece que mi querido Enriquito ha caído en la rato nera.
Luego, y para cerciorarse del todo, dejó que pasara un cuarto de hora para dar tiempo a que la comitiva se hubiera alejado de París, salió de su departamento, subió la escalerilla de caracol y, con su doble llave, abrió la puerta del aposento del rey de Navarra.
Fue inútil que buscara el libro por todas partes. En vano paseó sus ardientes miradas de las mesas a los armarios, de los estantes a las sillas; el famoso libro no aparecía.
«Se lo habrá llevado Alençon -se dijo -, es una medida que prueba su prudencia.»
Conforme con aquel razonamiento y casi segura de que esta vez sus planes se habían realizado, regresó a sus habitaciones.
Entre tanto el rey seguía su camino rumbo a SaintGermain, donde llegó después de hora y media de velo z carrera. Ni siquiera entraron en el viejo castillo que se destacaba, sombrío y majestuoso, entre las casas que se veían por la ladera de la montaña. Atravesaron el puente de madera situado en aquella época enfrente del árbol que todavía se llama «la encina de Sully». Dieron orden a las barcas engalanadas que seguían la comitiva para que se colocaran de tal modo que el rey y su séquito pudiesen cruzar el río con toda comodidad.
En seguida, toda aquella alegre juventud, animada por tan diversos intereses, volvió a ponerse en marcha, siempre con el rey a la cabeza.


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