La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.396
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Antes de bajar, el rey cerró la puerta de su sala de armas. Alençon, que no le quitaba ojo, vio que se
guardaba la llave en el bolsillo. Cuando bajaba la escalera el rey se detuvo llevándose la mano a la frente. Las piernas del duque de Alençon temblaban tanto como las del rey. -Me parece que amenaza tormenta -balbució Francisco. -¿Tormenta en el mes de enero? -contestó Car los-. ¡Estáis loco! No, lo que pasa es que siento vértigos y
tengo la piel reseca, que estoy débil, ni más ni menos. Y añadió a media voz: -Me matarán con su maldito odio y sus dichosos complots. Al llegar al patio, el aire fresco de la mañana, el alboroto de los cazadores, los ruido sos saludos de cien
personas reunidas produjeron sobre Carlos el efecto de siempre. Respiró con libertad y se sintió lleno de alegría. Su primera mirada fue para Enrique. El rey de Navarra estaba al lado de Margarita. Se querían tanto los
dos excelentes esposos, que parecía imposible que se separaran. Al ver a Carlos, Enrique espoleó a su caballo. En tres corvetas llegó junto a su cuñado. -¡Ah! -dijo Carlos-. Montáis un caballo como si fuéramos a perseguir gamos y, sin embargo, sabéis de
sobra que la caza va a ser con halcones. Y sin esperar respuesta añadió, frunciendo el ceño y con tono casi amenazador: -Salgamos, señores, salgamos. Es preciso que comencemos la partida a las nueve. Catalina contemplaba la escena desde una ventana del Louvre. Por el hueco de una cortina levantada se
veía su cabeza pálida envuelta en un velo. Su cuerpo, cubierto por un vestido negro, se confundía en la penumbra.
Obedeciendo a las órdenes de Carlos, toda aquella multitud resplandeciente, lujosa y perfumada se puso en marcha con el rey a la cabeza y, saliendo por las puertas del Louvre, se extendió como un alud por el camino de Saint-Germain, en medio de las aclamaciones del pueblo, que saludaba al joven soberano. Carlos, preocupado y pensativo, montaba un caballo más blanco que la nieve.
-¿ Qué os ha dicho? -preguntó Margarita a )En rique
-Me felicitó por la agilidad de mi caballo
-¿Nada más
-Nada más
-Entonces sabe algo
-Me lo temo
-Pues seamos prudentes
En la cara de Enrique se dibujó una de aquellas sonrisas características que, sobre todo para Margarita,
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