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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.395

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Página 395 de 497



Carlos no respondió. Se acercó a una ventana y la abrió; la sangre se agolpaba en su cabeza.
-¿Y qué haríais vos en mi lugar? -preguntó volviéndose bruscamente-. Hablad, Francisco.
-Señor-dijo Alençon -, yo mandaría que fuera rodeado el bosque de Saint -Germain por tres destacamentos de caballería ligera, los cuales, a una hora convenida, a las once por ejemplo, se pondrían en marcha deteniendo a todos los que se hallaran en el bosque cerca del pabellón de Francisco I, lugar en el que, como por casualidad, yo daría la cita para el almuerzo. Lue go, haciendo como si siguiese a mi halcón, vería cómo se alejaba Enrique y le perseguiría hasta el sitio donde estuviera encerrado con sus cómplices.
-Buena idea -dijo el rey-; que hagan venir al capitán de mis guardias.
Alençon sacó de su jubón un silbato de plata que colgaba de una cadena de oro y silbó
Carlos fue hacia el capitán que acababa de entrar y le dio unas órdenes en voz baja
Entre tanto, su enorme galgo Acteón había cazado una presa y la arrastraba por el suelo, destrozándola a
dentelladas y dando mil saltos y cabriolas.
Carlos se volvió hacia él y profirió una terrible maldición. La presa que había hecho Acteón era nada menos que el precioso libro de cetrería, del que, como ya hemos dicho, no existían más que tres ejemplares en el mundo.
El castigo fue digno del crimen. Carlos empuñó un látigo y la silbante correa se ciñó en una triple vuelta al cuerpo del animal. Acteón lanzó un aullido y desapareció debajo de una mesa, ocultándose bajo el tapete que la cubría. Carlos recogió el libro y vio con júbilo que no le faltaba más que una hoja y que ésta ni siquiera perte­necía al texto, sino que era un grabado. Lo colocó cuidadosamente sobre un estante donde el perro no pudiese alcanzarlo. Alençon le observaba
con inquietud. Hubiera deseado que aquel libro, cumplida ya su misión, se alejara de las manos de Carlos. Dieron las seis. Era la hora en que el rey debía bajar al patio, atest ado de caballos lujosamente enjaezados y de hombres y
mujeres ricamente vestidos. Los cazadores tenían en el puño los halcones tapados con un pequeño capuchón, como era costumbre. Algunos monteros llevaban los cuernos de caza en bandolera por si acaso el rey, cansado de cazar con halcón, cosa que solía ocurrirle, quisiera perseguir a un gamo o a un corzo.


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