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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.393

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Secóse con mano trémula el helado sudor que cubría su frente y esperó en silencio, tal y como le había ordenado su hermano, a que éste terminara de leer el capítulo.
XIX
LA CAZA CON HALCONES
Carlos seguía leyendo; impulsado por la curiosidad, devoraba las páginas, que, como ya hemos dicho, ya fuera debido a la humedad a que habían estado ex puestas durante mucho tiempo o por otro motivo cual­quiera, se hallaban adheridas unas a otras.
Alençon observaba con torva mirada aquel terrible espectáculo, cuyo desenlace solamente él podía adi­vinar.
-¡Oh! -murmuró-. ¿Qué va a pasar aquí? ¡Cómo, yo tendré que irme, tendré que salir de Francia, tendré que ir en busca de un trono im aginario, mientras que Enrique se atrincherará al primer indicio de la enfermedad de Carlos en cualquier ciudad a veinte leguas de la capital! Permanecerá allí al acecho de esta presa que nos brinda el azar y podrá estar en París haciendo una sola etapa, de modo que, antes de que el rey de Polonia llegue a saber la noticia de la muerte de mi hermano, la dinastía habrá cambiado. ¡Es impo­sible!
Estas ideas fueron las que inspiraron a Francisco el primer sentimiento de horror y el deseo de advertirle a Carlo s lo que ocurría. Nuevamente, el duque iba a tratar de oponerse a aquella fatalidad que parecía proteger a Enrique y perseguir a los Valois.
En un instante habían cambiado todos sus planes con respecto a Enrique. Era Carlos y no Enrique quien había leído el libro envenenado. Enrique debía marcharse, pero a condición de tomar antes el veneno. Desde el momento en que la fatalidad le salvaba de nuevo, se hacía preciso que Enrique se quedara, puesto que Enrique era menos temible estando prisionero en Vincennes o en La Bastilla que no como rey de Nava­rra a la cabeza de treinta mil hombres.
El duque de Alençon dejó, pues, que Carlos acabara su capítulo, y cuando el rey levantó la cabeza:
-Hermano mío -le dijo -, he esperado porque Vuestra Majestad me lo ordenó; pero, muy a pesar mío, ya que tenía que deciros cosas de suma importancia.
-¡Al diablo! -dijo Carlos, cuyas mejillas pálidas, ya sea porque hubiese puesto demasiado ardor en su lectura o porque el veneno comenzara a ejercer sus efectos, se iban tornando poco a poco purpúreas-.


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