La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.392
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Carlos estaba sentado delante de una mesa en un gran sillón tallado que tenía un respaldo muy alto. Se hallaba de espaldas a la puerta por la que acababa de entrar Francisco.
Parecía por completo entregado a una ocupación que le dominara.
El duque se aproximó de puntillas; Carlos leía.
-¡Pardiez! -exclamó de repente-. ¡Qué libro más formidable! Había oído hablar de él, pero no creía que existiera en Francia.
Alençon aguzó el oído y dio otro paso.
-¡Malditas hojas! -dijo el rey llevándose el dedo pulgar a los labios y apoyándolo en el libro para pasar la hoja-. Se diría que las han pegado para ocultar a las miradas de los hombres las maravillas que encierra.
Alençon dio un brinco. ¡El libro que tenía Carlos entre sus manos era el mismo que el duque había deja-do en el aposento de Enrique!
Un grito sordo escapó de su garganta.
-¡Ah! ¿Sois vos, Alençon? -dijo Carlos-; sed bienvenido y acercaos a ver el mejor libro de cetrería que haya salido jamás de la pluma de un hombre.
El primer impulso del duque fue arrancar el libro de las manos de su hermano, pero una idea infernal le clavó en su sitio; una terrible sonrisa se dibujó en sus labios amoratados, y se pasó la mano por los ojos co mo si se sintiera alucinado.
Luego, recobrando un poco el dominio sobre sí, pero sin atreverse a dar un paso hacia atrás ni hacia de lante:
-Señor-preguntó-, ¿cómo ha llegado ese libro hasta Vuestra Majestad?
-Nada tan sencillo. Esta mañana subí al cuarto de Enriquito para ver si estaba preparado, pero no le en contré; sin duda se hallaba recorriendo las perreras y las caballerizas. En cambio hallé est e tesoro, que me traje aquí para leerlo con más comodidad.
Dicho esto, el rey se llevó de nuevo el dedo a los labios para pasar la hoja rebelde.
-Señor -balbució Alençon con los cabellos erizados y preso de terrible angustia-, venía a deciros...
-Dejadme concluir este capítulo, Francisco -dijo Carlos-, y en seguida me diréis todo lo que os plazca. Ya he leído, mejor dicho, he devorado cincuenta páginas.
«Ha probado veinticinco veces el veneno -pensó el duque -. ¡Seguro que se muere!»
Entonces recordó que había un Dios en el Cielo, puesto que aquello no podía atribuirse a la casualidad.
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