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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.391

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Alençon permaneció inmóvil. Sin duda no era En rique quien había subido por la escalera secreta. Resul­taban, por lo tanto, inútiles todas las angustias que desde hacía un cuarto de hora experimentaba. Lo que él creía ya terminado, o a punto de terminar, comenzaba ahora.
El duque abrió la puerta de su cuarto y fue a escuchar a la que comunicaba con el corredor. Esta vez no podía equivocarse; era Enrique quien subía. Alençon reconoció sus pasos y hasta él ruido particular de sus espuelas.
La puerta de la habitación de Enrique se abrió y volvió a cerrarse.
Alençon volvió a su alcoba y se dejó caer en un sillón.
«Bueno -pensó-, veamos lo que está pasando en este momento: Enrique atraviesa el recibidor, la ante­cámara, y entra en su alcoba; una vez allí, buscará con los ojos su espada, luego su bolsa, por último su
puñal. Entonces verá el libro abierto sobre la mesa».
¿Qué libro es éste?, se preguntará. ¿Quién me lo habrá traído?
«Y a continuación se aproximará a él, verá el grabado, querrá leer, intentará pasar las hojas...»
Un sudor frío corrió por la frente de Francisco.
«¿Pedirá auxilio? -se p reguntó-. ¿Será un veneno de efecto inmediato? No debe de ser así, puesto que mi madre me ha dicho que morirá lentamente...»
Este pensamiento le tranquilizó un poco.
Así transcurrieron diez minutos, que, contados segundo a segundo, fueron un siglo de agon ía. Cada
segundo colmó su mente con las visiones más terroríficas y espantosas.
Alençon no pudo resistir durante más tiempo, se levantó y atravesó su antecámara, que ya comenzaba a llenarse de gentiles hombres.
-Buenos días, señores -dijo-, voy al cuarto del rey.
Fuera para distraer su devorante inquietud o para preparar la coartada, el caso es que se dirigió efectiva­mente a ver a su hermano. ¿Para qué iba?
Él mismo lo ignoraba. ¿Qué tenía que decirle? Nada. En realidad, lo que hacía no era buscar a Carlo s, sino huir de Enrique.
Descendió por la escalerita de caracol y halló entreabierta la puerta del rey.
Los centinelas dejaron pasar al duque sin ponerle ninguna dificultad, pues los días de cacería no se guar­daba ninguna etiqueta ni consigna.
Francisco atravesó sucesivamente la antecámara, el salón y la alcoba sin encontrar a nadie. Por último, pensó que Carlos estaría en la sala de armas y empujó la puerta que comunicaba con esa pieza.


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