La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.390
Indice General
|
Volver
Página 390 de 497
Después se precipitó hacia la ventana, pero desde allí no podía ver más que una parte del patio del Louvre. Como Enrique no estaba en la parte visible, se convenció de que era él quien acababa de subir las escaleras.
El duque se sentó, cogió un libro y trató de leer. Era una historia de Francia, desde Pharamond hasta
Enrique II, y autorizada por éste pocos días después de su advenimiento al trono.
El duque no pudo concentrarse en lo que leía; la fiebre de la espera quemaba sus arterias, los latidos de sus sienes repercutían en el fondo de su cerebro. Al igual que en un sueño o en un éxtasis magnético, le parecía ver a través de las paredes. Su mirada penetraba hasta la alcoba de Enrique, a pesar del triple obstáculo que de ella le separaba.
Para apartar de su imaginación el terrible objeto que le obsesionaba trató de distraerse pensando en otra cosa que no fuera el libro abierto sobre el atril de madera de encina por la página del grabado. De nada valió que mirara una tras otra sus joyas, ni que recorriera cien veces la estancia de uno a otro extremo. Todos los detalles de aquel grabado que apenas había entrevisto acudían a su memoria. Representaba la estampa un señor a caballo que, desempeñando el oficio de halconero, lanzaba el señuelo llamando al halcón y corriendo al galope entre los juncos de un pantano. Por fuerte que fuese la volun tad del duque, el recuerdo le dominaba.
Además, no solamente veía el libro, sino que imaginaba al rey de Navarra acercándose a él, contemplan do el grabado, tratando de pasar las hojas y, por último, llevándose el dedo a la boca, para luego separar las páginas unidas.
Ante esta imagen, por falsa y fantástica que fuese, Alençon, tambaleándose, hubo de apoyarse contra un mueble, al tiempo que se tapaba los ojos con la mano como queriendo evitar la terr ible visión.
Nada consiguió, pues aquella imagen estaba en su propio pensamiento.
De repente, Alençon vio que Enrique cruzaba el patio. Le vio detenerse un minuto junto a unos hombres que colocaban sobre dos mulas las provisiones para la cacería, que no eran otra cosa que el dinero y demás efectos de viaje. Tras esto, y dadas las órdenes oportunas, atravesó en diagonal el patio dirigiéndose hacia la puerta de entrada.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-497
|