La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.389
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Pero nunca aquellas paredes manchadas de sangre por el crimen, rociadas de vino por la orgía o de perfumes por el amor, vieron un rostro tan pálido como el que tenía el duque de Alençon al abrir la puerta de la alcoba del rey de Navarr a.
Y, sin embargo, como suponía el duque, no había nadie en aquel cuarto que pudiese observar con mirada curiosa o sorprendida la acción que iba a cometer. Los primeros rayos del sol iluminaban el aposento vacío.
Colgada de la pared la espada que De Mouy había aconsejado al rey que llevase. Algunos eslabones de un cinturón de mallas se hallaban esparcidos por el suelo. Había sobre un mueble una bolsa repleta y un puñal, y en la chimenea flotaban aún algunas pavesas. Todos estos indicios revelaron claramente a Alençon que el rey de Navarra se había puesto una cota de malla, había pedido dinero a su cajero y acababa de quemar papeles comprometedores.
«Mi madre no se equivocó -se dijo Alençon-, el canalla me estaba traicionando.»
Esta convicción le dio sin duda nuevas fuerzas, ya que, después de registrar con la mirada todos los rin cones y de levantar todos los tapices que cubrían las puertas, comprobando que nadie le vigilaba, pues todo el mundo alborotaba en el patio y en la habitación reinaba un profundo silencio, sacó el libro de debajo de su capa, lo colocó rápidamente sobre la mesa donde es taba el dinero, apoyándolo contra un atril de madera tallada. Luego, retirándose cuanto pudo, alargó el brazo y, con la vacilación que traicionaba sus temores, abrió el libro, con la mano enguantada, por una página donde se veía un grabado con una escena de caza.
Una vez hecho esto, el duque retrocedió tres pasos y, quitándose el guante, lo arrojó en el rescoldo que dejaron al arder las cartas recién quemadas. El fino cuero crujió y se retorció sobre los carbones estirán dose como el cadáver de un reptil, quedando convertido por fin en un residuo negro y crispado.
Alençon permaneció allí hasta que la llama destruyó completamente el guante; luego dobló la capa en que había envuelto el libro, se la puso al brazo y regresó a su habitación. Al entrar oyó con el corazón palpitante unos pasos en la escalera de caracol y, no dudando de que era Enrique quien subía, cerró rápidamente la puerta.
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