La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.388
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-Aquí está -dijo.
Alençon miró con cierto terror el libro que su madre le ofrecía.
-¿Qué libro es éste? -preguntó el duque estremeciéndose.
-Ya os he dicho, hijo mío, que es un tratado sobre el arte de criar y adiestrar halcones y gerifaltes, escrito por un hombre muy versado en estos asuntos: el señor Castruccio Castracani, tirano de Lucques.
-¿Y qué debo hacer con él?
-Debéis llevárselo a vuestro buen amigo Enri quito, que es, según me dijisteis, quien os lo pidió para instruirse en la ciencia de la caza con halcones. Como tiene hoy que acompañar al rey en una de estas cacerías, no dejará de leer algunas páginas para demostrar a Carlos que sigue sus consejos y que ha empezado a tomar lecciones. Lo principal es que se lo entreguéis en propia mano.
-¡Oh! ¡No me atreveré! -dijo el duque asaz tembloroso.
-¿Por qué? -dijo Catalina-. Es un libro como otro cualquiera, salvo que, como ha estado mucho tiempo guardado, las páginas están pegadas entre sí. No intentéis leerlas vos, Francisco, pues no se pueden leer más que humedeciendo la punta del dedo y despegándolas una por una, lo que requiere mucho tiempo y da demasiado trabajo.
-¿De modo que sólo un hombre que tenga gran des deseos de aprender puede perder así el tiempo y
tomarse semejante trabajo? -preguntó el duque.
-Eso es, hijo mío, ya veo que comprendéis.
-¡Oh! -exclamó Alençon-. Ya veo a Enriquito en el patio... Dádmelo, señora, dádmelo. Aprovecharé que está fuera para llevar el libro a su habitación. Cuando regrese lo encontrará allí.
-Preferiría, Francisco, que se lo dierais personalmente, sería más seguro.
-Ya os dije que no me atrevería a hacerlo, señora -replicó el duque.
-Id, pues, pero, al menos, colocadlo en un sitio visible.
-¿Abierto? ¿Hay algún inconveniente en que lo deje abierto?
-No.
-Dádmelo, pues.
Alençon cogió con temblorosa mano el libro que con firme ademán le entregaba Catalina.
-Tomadlo, tomadlo, no hay peligro, puesto que yo lo toco. ¡Además, tenéis guantes!
Esta precaución no pareció suficiente a Alençon, quien envolvió el libro en su capa.
-Daos prisa -dijo Catalina -, mucha prisa; Enrique puede subir de un momento a otro.
-Tenéis razón, señora, voy en seguida.
El duque salió lleno de emoción.
Hemos introducido ya varias veces al lector en las habitaciones del rey de Navarra, haciéndole asistir a los acontecimientos felices o desgraciados que en ellas tuvieron lugar, según que sonriera o amenazara el genio tutelar del fut uro rey de Francia.
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