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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.386

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-Quedaos entonces -dijo Enrique.
-¡Y vos?
-¡Diablo! -respondió Enrique -. Si vos os quedáis, yo no tengo ningún motivo para irme. No lo hacía más que por seguiros, por devoción hacia vos, para no separarme de mi hermano a quien tanto quiero.
-¿De modo -dijo Alençon- que se han deshecho todos nuestros planes y vos los abandonáis así, sin lucha, al primer contratiempo?
-Yo-respondió Enrique-no considero un contratiempo el hecho de tener que quedarme aquí. Gracias a mi carácter despreocupado me hallo bien en todas partes.
-Sea -dijo Alençon -, no hablemos más de esto. Pero si acaso decidís otra cosa, hacédmelo saber.
-Perded cuidado, por Dios -replicó Enrique -. ¿No hemos convenido que no habría secretos entre no ­sotros?
Alençon no insistió más y se retiró un tanto pensativo, ya que en algún momento creyó ver que se mo vía el tapiz que cubría la puerta del cuarto de aseo.
En efecto, apenas se hubo marchado el duque cuando el tapiz se levantó y apareció Margarita.
-¿Qué p ensáis de esta visita? -preguntó Enrique.
-Que sucede algo nuevo a importante.
-¿Qué creéis que puede ser?
-No sé nada aún, pero lo sabré.
-¿Y entre tanto?
-No dejéis de ir a verme a mi cuarto mañana por la noche.
-No faltaré, señora -dijo Enrique,´besando con galantería la mano de su esposa.
Margarita regresó a sus habitaciones con la misma precaución con que había salido de ellas.
XVIII
EL LIBRO DE CETRERÍA
Habían transcurrido treinta y seis horas desde que sucedieran los acontecimientos que acabamos de rela­tar. Comenzaba a amanecer y ya todo el mundo se hallaba despierto en el Louvre, como ocurría generalmente cuando había cacería. Cumpliendo la promesa que diera a su madre, el duque de Alençon se dirigió al aposento de Catalina.
La reina madre no estaba en su alcoba, pero había dejado dicho que, si venía su hijo, la esperara.
Al cabo de unos instantes salió de un gabinete secreto en el que sólo ella podía entrar y al que se retiraba para realizar sus secretos experimentos de química.
Ya sea por el hueco de la puerta entreabierta o porque estuviera adherido a su ropaje, el caso es que, al entrar la reina madre, trascendió un penetrante y acre perfume y el duque de Alençon pudo ver por la rendija un vapor espeso como el que produce cualquier hierba aromática al arder que, semejante a una nube blanquecina, flotaba en el laboratorio que su madre acababa de dejar.


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