La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.385
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»Adiós, señor, estad preparado. Nosotros lo estaremos.»
-Lo estaréis -dijo Margarita repitiendo después de mil seiscientos años las mismas palabras que pronunciara César en la orilla del Rubicón.
-Sea, señora -respondió Enrique -, no seré yo quien os desmienta.
-Vamos, señor, convertíos en héroe; no es difícil; no tenéis más que seguir vuestro camino y me conquis taréis un hermoso trono -dijo la hija de Enrique 11.
Una imperceptible sonrisa se dibujó en los finos labios del bearnés. Besó la mano de Margarita y salió antes que ella de la habitación para explorar el terreno, mientras canturreaba el estribillo de una vieja can ción:
abrió la de la antecámara. Luego de hacer una seña con la mano a su esposa dijo en voz alta:
-¡Ah! ¿Sois vos, hermano mío? Sed bienvenido.
Al ver la indicación de su marido, la reina lo comprendió todo y se precipitó al cuarto de aseo, cuya puerta estaba oculta por un enorme tapiz.
El duque de Alençon entró con paso cauteloso y mirando a su alrededor:
-¿Estamos solos, hermano? -preguntó en voz baja.
-Completamente solos. ¿Qué ocurre? Parecéis trastornado.
-Estamos descubiertos, Enrique.
-¿Cómo descubiertos?
-Sí, De Mouy ha sido arrestado.
-Ya lo sé.
-Y De Mouy se lo ha contado todo al rey.
-¿Qué es lo que le ha dicho?
-Le ha dicho que yo deseaba el trono de Navarra y que conspiraba para obtenerlo.
-¡Desgraciado! -dijo Enrique-. ¿De modo que estáis comprometido, mi pobre cuñado? ¿Y cómo no os han arrestado aún?
-Ni yo mismo lo sé: el rey se ha burlado de mí fingiendo ofrecerme el trono de Navarra. Sin duda esperaba obtener de mí una confesión, pero yo no le he dicho nada.
-¡Habéis hecho bien, por Dios! -dijo el bearnés-. Mantengámonos firmes: van nuestras vidas en ello.
-Sí -replicó Francisco-, pero lo cierto es que el asunto se presenta difícil. Por eso he venido a pediros vuestra opinión. ¿Qué creéis que debo hacer: huir o que darme?
-¿Visteis al rey?
-Sí.
-Si le habéis visto, habréis podido leer en su pensamiento. Ahora, haced lo que os parezca.
Por muy dueño que fuera de sí mismo, Enrique dejó escapar un gesto de alegría. Por imperceptible que fuese, Francisco lo captó.
-Pref eriría quedarme -respondió Francisco.
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